Columnas oblicuas

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El columnista debe leer a otros columnistas. Yo lo hago. Los leo para ver qué puedo robarles, o para saber cuáles son las opiniones demasiado trilladas y, lo más importante, para comprobar que siempre hay columnistas peores que uno.

En esta tercera opción caen tres colegas ilustres: Juan Ricardo Ortega, que remplazó a Daniel Coronell en Semana, y María Isabel Rueda y Mauricio Vargas, figuras estelares de El Tiempo del domingo.

Juan Ricardo Ortega sale de Semana. Hasta los Gilinski comprendieron que no era el hombre para remplazar a Coronell. Ortega es un analista y está bien para las notas de las páginas salmón o para el editorial de El Tiempo, donde hay que escribir con pinzas y hacer malabarismos para no afectar ninguna de las 87 líneas de negocios de su propietario.

Qué vaina: los banqueros echaron a Coronell porque molestaba a todo el mundo y ahora echan a Ortega porque no molesta a nadie. Y Ortega lamenta dejar la columna «a pesar del inmenso esfuerzo que era para mí escribirla». (¡¿?!) Se los dije: es perfecto para Portafolio.

Su última columna, «Gracias», es una larga incoherencia. Subraya la importancia de los contrapesos de la democracia, pero nunca escribió una sola línea sobre el peligroso desbalance colombiano. Confiesa que se va lleno de «reconocimiento y gratitud a Semana… Ha sido un honor y un privilegio…», e insiste en la importancia del periodismo independiente, a pesar de que él llegó a la revista justamente porque a unos banqueros les molestó la independencia de Coronell. ¡Por Dios, Juan!

La columna «Insulto» de Mauricio Vargas me impresionó. Es como de un estadista: «El espectáculo de petristas contra uribistas es indignante; irrespeta a los colombianos que sufren por la pandemia», dice él, y uno no entiende nada pero admira la ecuanimidad de Vargas, un uribista confeso, lo que no es deshonra.

Pasa a demostrar su tesis: «Petro es cínico, desestabiliza, quiere que todo se derrumbe, promueve marchas sin importarle los contagios», etc.

Y llega el momento que el lector espera: «Sus vecinos, los uribistas, no se quedan atrás». Caramba, Vargas, qué agilidad: usted salta de los petristas a Petro y de los uribistas a… ¡los uribistas!

Luego habla de esto, de aquello, de la pandemia y de Vargas, más de Vargas que de aquello: «Algunos lectores me preguntan por qué no me he referido a… Les he dicho que el juego de la polarización no le conviene al país… por eso durante tres meses he dedicado la columna a esta crisis…».

Y así, de tumbo en tumbo, la columna llega… ¡a Vargas!: «… me niego a contribuir a que la crispación política se sume a la devastación de la pandemia», cierra Vargas trémulo mientras la multitud ruge y él se acomoda los crespos.

La columna de María Isabel Rueda «Naranjo: ¿realidad o ficción?» es un sartal de perlas. Solo alcanzo a mostrar dos. «Naranjo era un general de escritorio que poco o nada interactuaba (sic) con el revólver». ¡Por Dios, María, no interactúes así con la lengua de Cervantes! Aprende del oficial de Policía que acabas de citar: «Óscar en su puta vida ha disparado nada».

Luego explica que la serie de Fox «exalta a Naranjo pero arrasa con el prestigio de la Policía».

El final de la columna le apunta a una futura chanfaina. María Isabel especula sobre la posibilidad de que Óscar Naranjo sea candidato presidencial en 2022 y le ofrece su brazo: «Yo podría terminar en esos toldos», escribe, grácil y coqueta.

La coletilla desentona un tris con el estiramiento de las páginas editoriales del gran diario: «Para domicilios: pollo asado New York Deli, parque de la 93. No olviden la cajita de criolla».

Nota. El Tiempo debería contratar a la Policía para que les dé clases de redacción a sus columnistas.

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