14 Jan 2022 - 5:30 a. m.

Es la paz y el trabajo, ¡estúpido!

Solo dos promesas elegirán al nuevo presidente: no más muertos, sí más trabajo. No se necesitan 50 o 100 puntos con los que el aspirante sueñe volverse un mesías. La gente la tiene clara, está desesperada de tanta masacre e inseguridad, y reclama un trabajo para comer los tres golpes diarios.

Nada de esto configura una revolución. Quien cumpla este par de objetivos empujará una evolución. Este programa se puede cumplir en cuatro años y a su protagonista no se le ocurrirá cambiar un articulito para prolongarse en el poder. Se demostrará que en un período es posible pasar a la historia, sin la glotonería de creerse indispensable y único.

El más perverso legado del Gobierno agonizante se encierra en dos sílabas: trizas. Lo habían anunciado y lo cumplieron. Destrozaron la ilusión de un pueblo que por fin vio desarmarse a los fusileros de la guerrilla mayor. Incumplieron lo acordado, atacaron las disposiciones del tratado de paz, repletaron de sicarios el campo, se acribillaron a centenares de líderes y desmovilizados.

Volvió la horrible noche, echaron para atrás la doctrina que amansaba a los militares y les armaron los dientes a los antidisturbios para que mascaran ojos juveniles. Utilizaron las tropas como única solución a las violencias, apagando el incendio con gasolina.

En las ciudades se desató la muerte. Ya no solo el robo, sino la puñalada y la bala, contra un celular. Aquí encaja el segundo punto del programa ideal: quienes matan en la calle son desesperados que no tienen trabajo, se hartaron de mendigar y recurrieron al pillaje. No piden empleo porque empleo no hay, ruegan por oportunidades, se saben laboriosos, inteligentes, aprenden un oficio en un dos por tres.

Los dos pequeños puntos, paz y quehacer, no requieren del alzamiento general ni del ardid de ejércitos populares. No es preciso erizar a los estratos cuatro hacia arriba con la resurrección de las desacreditadas insurrecciones que llevaron al Gulag, a las ferocidades de Stalin, los fiascos de Mao, el paredón de Fidel, la ruina de Venezuela, la payasada del matrimonio Ortega.

El sencillo trabajo para el pan y el desarme de los que dan la orden a los asesinos son medidas al alcance de la mano. Buenos economistas, sanos administradores, negociadores de conflictos, practicantes de la concordia con los que podrían entregar las armas, legalización de la droga, bastarían para organizar y ejecutar un cuatrienio sensato.

Nada de maximalismos, nada de antiguas consignas extremas. Que la mayoría de los habitantes se sientan acogidos por un gobierno que se sepa enfocar sobre dos elementales epopeyas de humanidad. No es pedir mucho ni ofrecerlo todo. Es recuperar pasos ya antes vividos fugazmente.

Es dejarles a los siguientes mandatarios otros mínimos pasos para que cada período abra horizontes amables. Es sumar, en vez de restar. Aglomerar voluntades en torno de la política como arte de construir, poco a poco pero firmemente, una segunda oportunidad bajo los cielos.

arturoguerreror@gmail.com

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