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28 Jun 2022 - 5:00 a. m.

¿Y si la solución está en el cambio de los docentes desde el aula?

A propósito de una columna publicada en El Espectador, producción textual del maestro Julián de Zubiría Samper, “Cinco desafíos que enfrenta el nuevo gobierno en la educación básica”, allí se expresa el reto de una “transformación pedagógica” que se debe dar en las próximas generaciones.

Plantea que se ha retrocedido de una manera que nos alarma a los que somos educadores y que no hay un cambio claro porque en la política se tienen en cuenta más las campañas que la educación. No avanzamos y la calidad baja cada día más. Por otra parte, la formación de los maestros es poca, no se trabaja por proyectos y es prioritario fortalecerlos. Estos, entre otros de los cinco desafíos que advierte De Zubiría.

Me quiero referir en especial a los docentes de educación básica, puesto que soy una de tantos en Colombia. Es importante analizar todos los retos que plantea el maestro De Zubiría; sin embargo, es fundamental comenzar el cambio desde el aula de clase. Los docentes siempre queremos cambios, sueldos más altos, más garantías, que nos paguen la especialización o la maestría. Y es que la mayoría de nosotros venimos de abajo; algunos amamos la docencia, pero para otros la licenciatura fue la única salida.

Los docentes esperamos cambios, más prebendas, ser reconocidos así como lo son en otros países. ¿Pero qué damos en nuestros contextos escolares? ¿Estamos reproduciendo información o enseñando a pensar? A pesar de los días y los años que trabajamos como profesores, no vemos cambios en las prácticas pedagógicas, nos quedamos con lo poco que nos dio la vida. Y seguimos hablando de transformación desde afuera. Es importante pensar con un sentido crítico. ¿Acaso es mejor para nosotros descansar, pensar en el mínimo esfuerzo y seguirnos quejando?

¿Dónde está la investigación? Los maestros muchas veces nos limitamos al currículo que se plantea desde la coordinación académica, no vamos más allá. La investigación es el centro de toda innovación; cuando observamos cómo aprenden nuestros estudiantes y avanzamos para ir un paso adelante, podemos mejorar esos contextos en las aulas de clase e indagar sobre neuroeducación, lúdica y prácticas exitosas.

Si hacemos una etnografía y logramos conocer el funcionamiento del cerebro para que nuestros estudiantes aprendan, posiblemente lograremos eso que venimos esperando, ese cambio en los resultados de las pruebas nacionales e internacionales que propone el Gobierno. ¿Conocemos su funcionamiento? “El cerebro funciona procesando la información que recibe a través de los órganos de los sentidos, sean estos vista, oído, tacto, gusto u olfato, y tras procesar y elaborar los significados de estas informaciones procede a emitir una respuesta motora (conducta)” (Francisco Mora, 2002).

¿Y si la solución está en un término del que tanto hablamos y muchas veces no practicamos? Todos hablamos de lúdica, incluso algunos docentes la confunden con lo que es la didáctica, y aunque van muy de la mano, la lúdica tiene que ver con un estado de alegría y emoción para aprender. Se confunde la lúdica con el juego, los juegos son lúdicos, pero también podemos crear otro tipo de actividades, pensando en diferentes tipos de exposición y juegos de roles, más contextualizados. La lúdica puede aplicarse en la enseñanza de la lectura y aquí es donde nos equivocamos los maestros, al no utilizarla porque criticamos al estudiante que no lee (muchos maestros no lo hacen), ¿pero cómo promocionamos esa lectura?

Si conocemos el cerebro y su funcionamiento nos damos cuenta de que todos aprendemos a través de experiencias significativas y con la emoción. Lo dice Francisco Mora: “Sin emoción no hay aprendizaje”.

Pero seguimos a punta de tablero. Siempre cito las palabras de una coordinadora que conocí y que por medio de su desacierto me enseñó que la lúdica es fundamental: “Aquí toca tableriar”, verbo que por supuesto entró en mi vocabulario para criticar una acción que solo existe en el pensamiento de un docente que no evoluciona.

Quiero citar otro de los desafíos que expone el maestro De Zubiría, el trabajo en equipo con los proyectos interdisciplinarios. A los maestros nos cuesta mucho trabajar en equipo, porque somos líderes y docentes a quienes se nos dificulta pensar que el aprendizaje debe ser holístico y no encontramos puntos en común. Volvamos al inicio, a las escuelas de los filósofos, allí se enseñaba a pensar desde un amplio panorama, no se separaban las ciencias humanas de las exactas, había una puesta en común de todas ellas. ¿Por qué no unir a Cortázar y su cuento Axolotl con el medio ambiente o las novelas con la termodinámica? ¿Estudiar la escritura y las matemáticas a partir de quipus, o un plan lector transversal desde lo social y las lenguas?

Los docentes podemos saber mucho de teoría, sobre saberes de la disciplina que manejamos, pero si supiéramos sobre la práctica pedagógica sería mejor. Podemos armar discursos enteros, ser muy buenos en la retórica, pero si no conocemos cómo aprende nuestro estudiante, estamos en la olla. Utilicemos la lúdica con un sentido claro y definido, el del aprendizaje experiencial, contextualizado y significativo.

Para concluir, es importante dejar la pereza, trabajar con proyectos lúdicos y transversales que aumenten los aprendizajes de los estudiantes, despertarlos mejorando nuestro discurso en lo práctico, conociendo el cerebro para utilizar la emoción en un aprendizaje dinámico y experiencial que conduzca a una transformación de saberes.

Mientras trabajamos en ello, esperemos que nuestro nuevo gobierno le meta la ficha a la educación, así como nosotros lo hacemos desde el aula, ¿o mejor fuera de ella, como lo hacía Aristóteles? ¿Por qué quedarnos quietos?

Carmenza Rojas Fajardo.

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