15 Jun 2022 - 5:30 a. m.

La Virgen y la pata de pollo de Hernández

Los colombianos vamos a salir de esta campaña presidencial muy estropeados, aporreados en el espíritu nacional, ya no digamos por la bajeza que han desplegado, en las redes sociales, las bodegas de todos los bandos, que no actúan desligadas de las estructuras formales de las campañas como se piensa, sino por las estrategias cada vez más sucias para asaltar a los electores en su ingenuidad pero sobre todo en sus necesidades. La ecuación es maléfica: a peor candidato, mayor el tamaño de los embustes para posicionarlo como el portento de dirigente que el país necesita. El poder político tradicional, desesperado porque se le pueden escapar de sus manos los negocios públicos con los que se han enriquecido sus integrantes —incluyendo a varios expresidentes y a sus hijitos, todos multimillonarios—, viene adhiriendo a cualquier mediocre que se le aparezca en el camino pues, en medio de su abundancia, olvidó el rigor y la disciplina que requiere el intelecto de cualquier grupo humano para prepararse y evolucionar.

Así, en lugar de aparecer al lado de un candidato docto en derecho, en el funcionamiento del Estado y de las leyes como los tenía en época pretérita —diga usted un Lleras Camargo, un Lleras Restrepo o un López Michelsen—, el poder político tradicional, reitero, ha preferido hacerse representar, sin asco, por uno que se “limpia el c...” con el derecho, el Estado y las leyes, como lo describe, en portentosa columna, el jurista Yesid Reyes (ver). Ese poder político se siente bien con la vulgaridad de Rodolfo Hernández como estuvo cómodo con Gutiérrez, el tosco. Con tal de conservar sus ventajas, no importa que Colombia pase de pobre a miserable. Del Uribe capataz que nos hizo retroceder décadas en materias de civilización, pasamos —después del interregno del Acuerdo de Paz de Santos— a un Duque de mente atolondrada, a un arrogante que se hizo tender, en medio de su enorme impopularidad, 300 metros de tapete rojo desde la Casa de Nariño hasta el centro de la Plaza de Bolívar, para que sus brillantes zapatos y las botas texanas, bien visibles, de su esposa no se ensuciaran con el barro de las alpargatas de sus compatriotas humildes. Y después de Duque, de quien supusimos que era la máxima expresión de la falta de méritos en la Presidencia, caímos en lo que estamos ahora: en la posibilidad de que un ignorante entre los ignorantes, un atarván entre los atarvanes con graves investigaciones por corrupción, ¡ascienda al solio de Bolívar!

Síguenos en Google Noticias