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La guerra semántica que libra el Gobierno contra la oposición incluye presentar a Carlos Gaviria como un extremista y amigo de las Farc. El primero en utilizar la estrategia macartista fue el presidente Uribe cuando en la última campaña electoral lo acusó de "tener un sesgo guerrillero". El vicepresidente Santos afirmó luego que Carlos Gaviria había aconsejado al Eln no negociar con el gobierno Uribe, dicho que luego tuvo que rectificar ante la contundencia de los testimonios que demostraban lo contrario.
En las últimas semanas se han sumado a la propaganda “negra” algunos columnistas de medios de comunicación escritos. El más reciente de ellos, Mauricio Vargas, en El Tiempo del 25 de febrero de 2008, tiene la literaria osadía de llamar al ex magistrado de la Corte Constitucional “viejo capitán de barba blanca” atado al “buque de la vieja izquierda”, capturado por el “ala mamerta” o la “izquierda recalcitrante” que domina al Polo. No es claro si la simpatía de Vargas hacia Lucho Garzón obedece a razones ideológicas o más bien a que su hermano es el asesor político del ex alcalde de Bogotá.
La estrategia es clara: crecer a Lucho y estigmatizar a Carlos Gaviria como radical y extremista. Triste favor se hace así al pluralismo, al Estado de derecho y a la democracia. Pero lo dicho contra el presidente del principal partido de oposición no concuerda con su testimonio de vida: treinta años profesor de derecho en la Universidad de Antioquia, vicerrector de la misma universidad, magistrado de la Corte Constitucional y senador de la República. Si existiera la más mínima prueba de vínculos del presidente del Polo con las Farc, ¿no habría sido usada ya por sus contendores políticos para crucificarlo? La sucia pero efectiva estrategia tiene una clara explicación: la necesidad de demoler a un contendor culto, civilista y amigo de la paz, con ventaja de dos millones seiscientos mil votos sobre el inmediato seguidor.
El peligro político que representa Carlos Gaviria es ser una persona de principios en un país acostumbrado al oportunismo político y a la doble moral. Por fortuna, la opinión pública empieza a darse cuenta del valor de la coherencia y la condena categórica a la violencia. De la mano de la investigación académica de Claudia López sobre la expansión paramilitar y de la valiosa intervención de la Corte Suprema de Justicia, la población conoce ahora de la dimensión e intima relación entre políticos, en su mayoría uribistas, masacres, desplazamiento, usurpación de tierras y paramilitarismo.
El pensamiento de izquierda democrática que encarna Carlos Gaviria no es ni trasnochado ni extremista. Se diferencia de la izquierda totalitaria, ya que antepone a la justicia social el respeto irrestricto por el derecho, la paz y el uso de la razón. Su bandera política es tomarse en serio la Constitución de 1991. Ciertamente ésta resulta revolucionaria para un pensamiento de derecha que se ha esforzado en desmontarla o desobedecer sus mandatos. Para la muestra un botón: Carimagua y el desconocimiento de los derechos fundamentales de los desplazados.
El actual presidente del Polo no necesita lavar culpas del pasado. Siempre ha estado comprometido con el Estado de derecho y los derechos humanos. Sus ídolos intelectuales son Kant, Kelsen y Borges, no precisamente Marx o Lenin, éstos sí admirados por quienes ahora lo acusan de extremista para ocultar sus convicciones pasadas y mostrar que han apostatado de la combinación de todas las formas de lucha. Si el Polo Democrático Alternativo logra sobrevivir a los ataques internos y externos que intentan dividirlo, de la mano de su presidente se erigirá en la opción más digna y segura para la contienda política de 2010.
Rodolfo Arango Rivadeneira. Bogotá.
La marcha
Lo más lógico es que este 6 de marzo salgan a marchar las víctimas del paramilitarismo en Colombia, con el mismo odio, el mismo desprecio, la misma rabia, el mismo ánimo vindicativo, el mismo resentimiento y desconsuelo, o simplemente, con la idéntica abismal tristeza de los hombres honrados y buenos cuando han sido victimizados por sus semejantes; sentimientos éstos que comparten con las víctimas de la guerrilla, quienes a su vez, salieron a marchar el 4 de febrero pasado. Pero así como el 4 de febrero, este 6 de marzo no sólo marcharán ellos.
Junto a estas víctimas, también saldremos a marchar muchas personas del común que, por mera suerte, aún no somos víctimas de guerrilleros o de paras; y quienes nos creemos lo suficientemente inteligentes como para darnos cuenta que utilizar motosierras para con ellas combatir subversivos o a sus supuestos colaboradores y simpatizantes, descuartizándolos vivos, es lo mismo que tener amarrados con cadenas a secuestrados devenidos circunstancialmente rehenes por los miembros de una guerrilla que los está utilizando como escudos humanos para proteger sus miserables vidas de combatientes atemporáneos, anacrónicos, retardatarios.
El 4 de febrero, muchos marcharon también en contra de la estupidez moral y política de una guerrilla equivocada históricamente hasta el punto de “dejarse” convertir en narcoterrorista; el 6 de marzo, muchos marcharemos en contra de la brutalidad sanguinaria, el cinismo, la doble moral y, sobre todo, la falta de humanidad de todos los que “sin querer queriendo” crearon a los infames psicópatas de la motosierra.
Juan Leonardo Cardona del Río. Bogotá.
Liberación
Las palabras de Luis Eladio Pérez en Caracol Radio nos hacen saber cuán alejados estamos de la realidad. Pienso que los medios de comunicación podrían crear un clima favorable a la liberación de los secuestrados a través de un intercambio humanitario. Las imágenes de la liberación nos permiten pensar en la posibilidad de un intercambio humanitario, que más allá de las consideraciones humanitarias, que estarían por encima de las consideraciones políticas y militares, tendría el significado de comenzar un proceso de reconciliación entre las partes, que nos involucre a todos como sociedad. Después de todo, ser guerrillero o paramilitar se ha convertido en una más de las opciones de vida que tienen las personas de estas regiones olvidadas de nuestro país, a quienes por cierto les hemos vuelto la espalda.
David Arias Marín. Bogotá.
La propiedad del biodiésel
Por considerar que los agrocombustibles son una de esas “realidades que están circundando los cultivos de la palma de aceite” y por cuanto, además, el señor Jens Mesa Dishington, presidente ejecutivo de Fedepalma escribe en su carta: “Palmicultores y Titulares”, publicada por El Espectador, fin de semana 24 de febrero a 01 de marzo de 2008: “Fedepalma es la primera interesada en que exista veracidad, objetividad y total transparencia en cuanto a las realidades que están circundando los cultivos de la palma de aceite…”, me permito plantear los siguientes interrogantes:
1. ¿Puede Fedepalma informarme (ya que hasta hoy no lo ha hecho la propia Superintendencia de Industria y Comercio) dónde reposa el original del título que me otorga los derechos patrimoniales para el uso exclusivo de la marca Biodiésel en Colombia? (resolución 25267 de 31 de julio de 2001). ¿Qué autorización legal o con qué piso jurídico, Fedepalma (o sus afiliados) usa en Colombia con fines lucrativos en el negocio palmero el nombre de la marca Biodiésel?
2. Siendo tan válido lo que pregunta el presidente ejecutivo de Fedepalma (“¿Cuántos campesinos creyeron que podían emprender solos un proyecto de palma sin necesidad de acompañamiento empresarial, encaminándolos a un futuro incierto?”), cuando yo requerí en su momento de ese acompañamiento empresarial, ¿por qué ni Fedepalma, ni Cenipalma, ni Ministerio de Agricultura, ni Ecopetrol, ni el Instituto de Fomento Industrial —IFI—, escucharon mi solicitud de apalancamiento económico para un 25% faltante de un proyecto de Planta Piloto de Biodiésel que yo hiciera desde la Unidad de Emprendimiento Empresarial de la Incubadora de Empresas de Base Tecnológica de Antioquia? Pero hoy todos ellos usan la marca Biodiésel, desconociendo la Constitución (arts. 4, 58, 61) y la Ley (178 de diciembre 28 - 1994).
Si Fedepalma tiene a bien responderme estas preguntas, quizás yo entienda el último de los interrogantes que plantea en su carta: “¿Cuántos productores honestos y laboriosos quedaron con la sensación de que no se hacía justicia a lo que verdaderamente representa el sector?”
John Jairo Mejía. Medellín.
Última cena
En calidad de demócrata expreso mi voz solidaria con el Ministro de Agricultura, quien en pasada edición de este semanario manifestó sentirse “como en la última cena”. Repasando las Escrituras encontré que cuando el Señor estaba en Carimagua celebrando la última cena manifestó: “Uno de vosotros la ha vendido. Y respondió el discípulo amado, ¿seré yo señor?”
Álvaro Cabanillas. Bogotá.
