Desorden internacional

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Las cifras del segundo trimestre revelan caídas monumentales de la producción y el empleo en Colombia y en el mundo que no fueron anticipadas ni moderadas.

Los comportamientos macroeconómicos revelan que las teorías de equilibrio y mercado que sirven para proyectar el desempeño de las economías y adoptar las políticas complementarias o suplementarias no corresponden a la realidad. Así, en marzo, en plena cuarentena, se estimaba que la caída del producto en Colombia sería de cero y la información más reciente revela que en el segundo trimestre llegó a -16 %. Se confirma que las concepciones macroeconómicas basadas en los mercados ideales no tienen en cuenta las deficiencias estructurales de las economías.

Los hechos se han encargado de confirmar que los países no tenían la flexibilidad de precios y las instituciones de previsión y planeación para superar el desbalance interno entre el producto nacional y el gasto, y el externo entre importaciones y exportaciones. Colombia, al igual que América Latina, se montó en modelos de déficit en cuenta corriente financiado con crédito externo y organizaciones del banco central que terminan en desbalance interno. No es un comportamiento nuevo. En la década de los años 90, luego de las aperturas económicas, la mayoría de los países de la región se precipitaron en recesión. A Colombia le correspondió el turno en 1999, cuando se registró la mayor caída de la historia registrada, solo superada por la que viene en camino.

En el consenso neoclásico dominante se considera que el mercado por conducto de la tasa del tipo flotante y la tasa de interés garantizan el balance interno de inversión y ahorro, y el externo entre importaciones y exportaciones. El mundo tiende a un equilibrio perfecto inducido por el mercado. No es cierto.

La evidencia muestra que las economías con bajo ahorro y déficit en cuenta corriente operan con desbalances internos y externos. De hecho, están expuestas a desplomes de la inversión por conducto del multiplicador que provocan caídas libres de la producción y el empleo.

Así, la confinación ocasionó una reducción drástica del ahorro, que acentuó el desbalance interno en los países en desarrollo, como Colombia y en general América Latina. Adicionalmente, transformó el exceso de ahorro de la economía mundial en faltante y, por lo tanto, la tornó en desbalance interno. El mundo está abocado a un desbalance interno que se extiende a la mayoría de las naciones, incluso aquellas con elevados niveles de ahorro y superávit de la balanza de pagos.

Durante el predominio de Keynes, después de la Segunda Guerra Mundial, se vio que los desbalances internos y externos solo se pueden superar con cambios estructurales impulsados por el Estado. Los países en desarrollo no tienen más opción que evitar los choques destructivos del libre mercado con la intervención estatal en la estructura comercial y sectorial, y la estricta coordinación fiscal y monetaria.

Nada de esto es extraño. El desbalance de América Latina data de la apertura económica de la década del 90. El desmonte de la protección, la acción de todo tipo, en particular en la tasa de cambio, de los países desarrollados para conformar superávits de la balanza de pagos redujo la discrecionalidad sobre la balanza de pagos. Las economías quedaron expuestas a desbalances internos que provocan caídas descontroladas de la inversión y se llevan por delante la producción y el empleo.

En fin, la corrección de los dos desbalances no se puede lograr con medidas indefinidas de mercado. Solo es posible con una amplia presencia del Estado orientada a modificar la estructura comercial y sectorial, y se facilitaría dentro de una conciliación mundial que limite los superávits de balanza de pagos.

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