El Caminante

El tiempo de los jueces

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Tú me juzgas, yo te juzgo. Llegamos a los tiempos de los jueces. Jueces con toga o sin toga, con pergaminos o sin ellos, con una colección de códigos de derecho bajo el brazo o con una Biblia. Todos juzgamos y somos juzgados. Todos podemos ser condenados y sentenciados a lo que sea porque un juez lo dictaminó, y a un seguro linchamiento porque a alguien, a cualquiera, le pareció que sus derechos habían sido vulnerados. Yo te juzgo, tú me juzgas, él nos juzga: la confianza en La Justicia se reventó. La reventaron en mil pedacitos los mismos jueces que se vendieron por un favor, un premio, un ascenso, una presión, y que incluso cedieron ante una amenaza, y con la desaparición de la confianza en La Justicia y del respeto por La Justicia, comenzaron a multiplicarse las justicias, que pasaron a manos de miles de decenas de justicieros.

Cada quien va con su propia idea de justicia, clamando justicia, exigiendo justicia, y en el más leve de los casos, pidiendo que se añadan en los interminables códigos de nuestra justicia más códigos, más incisos. Un país, su moral, sus costumbres, bien se pueden definir por sus leyes. En el nuestro hemos terminado por querer y pedir leyes para todo, muy en consecuencia de quienes consideran que no hay Una Justicia, sino Su justicia. Leyes para callar y para hablar y para protestar y para cantar y para caminar y para relacionarse, y no hemos entendido que cada nueva ley es un nuevo eslabón a nuestras cadenas, y un nuevo regalo de poder para los abogados y los legisladores, que viven de las leyes y se frotan las manos ante la perspectiva de más leyes.

Nos juzgamos, nos condenamos, nos destruimos. Más allá de cadenas y poderes, tanta ley es la mejor muestra de que no hemos sido capaces de dirimir nuestras diferencias frente a frente, personalmente, de que no queremos en realidad ninguna libertad, y de que solo pensamos y actuamos para cuidar nuestro metro cuadrado. Por cuidarlo, con sus tradiciones, creencias, pertenencias, credos y todo lo que lleva dentro y lo compone, eliminamos al otro juzgándolo, a cualquier otro, pues todos los otros son una amenaza para lo “nuestro”. Encaramados en nuestros pedestales de verdad y justicia, expiamos nuestros pecados y nos sentimos inmensos, poderosos, exitosos, señalando a los demás, y si de paso logramos condenarlos a un exilio perpetuo, cuánto mejor.

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