El único camino es la legalización (parte 1)

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La violencia en Colombia tiene muchos determinantes históricos, económicos, sociales y políticos que, si no se solucionan estructuralmente, seguirán siendo obstáculos para gozar de una comunidad que pueda resolver sus diferencias de manera civilizada. Uno de ellos, que influye persistentemente en la aparición y mutación de bandas criminales de todas las ideologías, es el cultivo y tráfico de sustancias psicoactivas. Así lo ha sido y seguirá siendo mientras no se resuelva el problema de fondo. El camino escogido por las autoridades colombianas, desde hace cuatro décadas, es la implementación a rajatabla de la política antidrogas estadounidense, basada en la militarización y criminalización.

El lío con esta vía es que va en dirección contraria de la antropología, la evidencia empírica y las tendencias actuales. Primero, el consumo de sustancias psicoactivas aparece asociado con el conocimiento que permitió la selección de semillas, hierbas y frutas para las extenuantes faenas de caza y recolección hace decenas de miles de años, las cuales se adaptaron y domesticaron con la agricultura y siguieron usándose en los festines y rituales de las tribus más antiguas y hasta nuestros días.

Un estudio de Pinto Núñez para Uninorte, en 1998, da cuenta de que el emperador chino Shen Nung ya conocía de los beneficios y riesgos de la marihuana hace 5.000 años y que el imperio árabe llevó a Europa el conocimiento sobre sus efectos farmacológicos. También los nativos americanos tienen una larga historia de cultivo de coca, de guerras en el imperio inca por la posesión de cultivos y la posterior aparición de la primera pandemia de adicción a la cocaína en EE. UU. hacia 1885, la cual no ha podido ser derrotada.

En segundo lugar, diversas sociedades han intentado establecer controles y leyes contra el uso de psicotrópicos. Una de las más conocidas fue la Ley Volstead en EE. UU., que surgió de un movimiento de extremistas protestantes conocido como Templanza, que promovía la moderación de la bebida y la comida, y consideraba el alcohol como causa de la pobreza de las masas. El prohibicionismo de la década de 1920 fue un fracaso reconocido históricamente, pues pretendió imponer un control a la oferta a un bien con una alta demanda. La consecuencia fue el incremento del crimen organizado, con un aumento de más de 500 % en el número de reclusos durante una década.

La prohibición produjo una subida del precio. A más riesgo generó más rentabilidad, haciendo muy atractivo violar la ley. Propició el incremento de los asesinatos y la corrupción, y llegó al borde del quiebre institucional por “una falta de respeto generalizada por todas las leyes”, según Harry Levine en un estudio realizado para la City University of New York en 1985. La pérdida de recursos públicos llevó a una polarización que aumentó el radicalismo casi hasta la anarquía. En 1932, el magnate John D. Rockefeller, reconocido abstemio, pidió revocar la ley porque eran “más los males que se han desarrollado y florecido desde su adopción”. En 1933, la ley fue modificada para permitir el cobro de impuestos a las bebidas, dando lugar al surgimiento de una próspera industria de alcohol en ese país.

En la segunda parte hablaré de las tendencias actuales.

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