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24 Jun 2022 - 5:30 a. m.

Cuentas alegres, cuadraturas del círculo y otros temas

Y ocurrió: Petro y Francia ganaron, convirtiéndose así en la fórmula más votada de la historia de Colombia. Este resultado merece una reacción mucho más cuidadosa que un par de apuntes desordenados, pero por el momento déjenme hacer un pequeño post mortem de algunos de los problemas básicos que afectaron a tantos líderes y comentaristas televisivos y radiales.

Pues la mayoría de ellos estaban convencidísimos de que Petro no podía ganar: que Hernández subiría y que él no, que las victorias del Pacto Histórico se habían producido en regiones que votaban poco, etc. Todos esos razonamientos sonaban bien, pero eran defectuosos. Primero, pensaron que Hernández seguiría creciendo sin pausa. Pero, como lo dije en su momento, en política hay muy, muy pocos fenómenos que obedezcan a un ascenso ininterrumpido. Segundo, insistieron en la metáfora del “techo” de Petro, cuando este claramente estaba aumentando su caudal electoral cada vez que se sometía a la prueba de las urnas. Además, las encuestas que medían la favorabilidad mostraban que la de Petro había mejorado paulatinamente. ¿Por qué no se fijaron en estas cosas? Pueden haber incidido muchos factores, pero uno de ellos es sin duda el poder sugestivo de las expresiones sonoras y a la moda, en este caso “techo” (otra de mis predilectas es “voto de opinión”). Las generaciones nuevas de politólogos y periodistas harían bien en luchar conscientemente contra el poder de tales palabrotas. Es fácil. Basta con preguntarse seriamente: ¿qué me están diciendo en realidad?

Tercero y fundamental, creo que no entendieron el fenómeno que tenían enfrente. Petro expresó una voz popular profunda, también un grito de desazón y rabia —a mi juicio, plenamente justificado— que no había encontrado una expresión adecuada en nuestro sistema político. Sobre Petro se han hecho muchas analogías, pero creo que por lo anterior la más adecuada sería la de Gaitán.

A propósito: se ha instalado en Colombia un formato mental que impide entender las pasiones que puede desatar un proyecto como ese. Cierta clase de líderes y comunicadores tenían la mirada fija en lo que consideraban el carácter sucísimo de la campaña —algo sobre lo que habría mucho que decir— y omitieron todo lo demás que sucedía a su alrededor. Uno no puede participar en política y a la vez mirarla con la misma expresión dispéptica del vegetariano que encuentra un gusano en su ensalada. La mística por el proyecto del Pacto le dio al menos una parte de los impresionantes 2,7 millones adicionales que obtuvo. Quisiera creer que esto es también el triunfo de la política sobre la antipolítica.

Pero bueno: terminada la celebración, llega la fría y dura luz de la mañana. Toca gobernar. Y gobernar es algo fantástico, pero no ciertamente una fiesta. Después de la victoria, Petro ha hecho todo lo que tocaba hacer: establecer puentes constructivos con los Estados Unidos y con el empresariado, mostrar un espíritu conciliatorio, y —sobre todo— explicar inequívocamente que su gobierno no estará orientado a la destrucción del aparato productivo, sino al “desarrollo del capitalismo”. Pero a la vez tiene un mandato elocuente, y urgente, de cambio social y de reforma. ¿Cómo logrará balancear los dos aspectos de la propuesta?

Es injusto llamar a esto “cuadratura del círculo”, porque esta última expresión denota una operación imposible; en cambio sabemos que históricamente ha habido cambios perfectamente genuinos capaces de minimizar tensiones y costos. Pero no fácilmente, como querría el prejuicio liberal (me refiero a la ideología, no al partido) ingenuo. Precisamente por eso decidí dejar el término. Mejor entender que el país se enfrenta a una operación compleja y que necesitamos que salga bien. Estamos frente a oportunidades doradas, verbigracia: reactivar el acuerdo de 2016, avanzar hacia una paz completa, apostarle duro a la inclusión social y territorial, desarrollar vigorosas políticas étnicas y de género. Se necesitarán mucha capacidad y coordinación para hacerlo.

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