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25 Nov 2022 - 5:30 a. m.

Un respiro

En las últimas semanas, la extrema derecha global sufrió dos derrotas relativas en sendas elecciones cruciales. En Estados Unidos, la versión trumpista de los republicanos conquistó una exigua mayoría en la Cámara y poco más, pese a que las encuestas predecían que obtendría una victoria arrolladora en las parlamentarias de mitaca. En Brasil, Bolsonaro perdió frente a Lula, aunque por un margen mucho menor del esperado.

En ambos casos, los extremistas enfrentaron dos grandes problemas: los partidistas y los institucionales. Ahora bien: podría parecer sorprendente, pero los partidistas podrían ser los más difíciles de resolver. Consisten en lo siguiente. Los extremistas han logrado conseguir una base muy amplia y fiel, que además puede castigar a los políticos conservadores que no estén sintonizados con sus demandas. Esta base es radical y tiene preferencias, amores, temores, odios muy intensos. Así que muestra una clara tendencia a decantarse por candidatos excéntricos, cuya probabilidad de ganar es baja. Es decir, no le importa, o ignora, que está jugando un “juego anidado”: dentro de su propio partido o corriente, pero también de cara a la opinión pública en general. Este no es un problema exclusivo de la derecha, claro. Cuando los partidos o las fuerzas políticas se vuelven prisioneros de activistas con preferencias muy intensas, lo suficientemente fuertes como para ganar disputas internas pero no para vencer a sus adversarios, pueden terminar estancados en un equilibrio que les garantiza tanto la fidelidad y la pureza como la derrota (la idea no es mía; está expuesta, de manera mucho más sofisticada, en el ya clásico libro de Tsebelis llamado precisamente Juegos anidados).

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