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17 Mar 2022 - 5:30 a. m.

“Cargaladrillos”

Hace unas semanas se celebró el Día del Periodista y muchos colegas compartieron fotos portando micrófonos, grabadoras o cámaras. Incluso yo desempolvé una vieja imagen donde salgo entrevistando a un campesino, haciendo énfasis seguramente en mi compromiso con este grupo poblacional.

Y, sin embargo, vino luego la reflexión —autocrítica, mejor dicho— acerca de que una imagen ha faltado casi siempre para graficar la fecha: la de algún colega exhibiendo unos zapatos viejos con sus suelas gastadas o incluso rotas. Porque si bien a veces nos valemos de ciertos elementos, herramientas o avances tecnológicos para representar este oficio, la esencia del periodismo quizás esté más cercana a unos zapatos gastados, unas páginas de libros rayadas o unas viejas y cuarteadas libretas llenas de apuntes.

Porque quizá los dos verbos más importantes del periodismo sean pensar y callejear.

En ello pensé estos días cuando se publicó Cargaladrillos, parte de una colección con un bello nombre: “Esculcar la memoria”, que da cuenta de historias de diez reporteros rasos, a finales del siglo XX y principios del XXI, protagonistas ellos —sin querer reclamarlo— del acontecer regional y en especial, de una ciudad convulsionada, Medellín, marcada en gran medida por el narcotráfico y el conflicto armado, del cual también fue epicentro.

Diez reporteros cargaladrillos hablaron de sus experiencias, algunas contadas en tono más prosaico, otras más elaboradas; unas más atractivas, como la posibilidad de informar al mundo la muerte de Pablo Escobar que la logró un periodista de una cadena, versus la del periodista “del frente” que terminó chiviado, pero que al tiempo se “sacó el clavo” contando, a punta de ingenio, sobre una tragedia aérea; también está el reportero que se metió en la piel de miembros de grupos armados; una reportera más contando su experiencia en ese momento en que la cadena radial donde trabajó fue víctima de una bomba; la de otra que asistió a un muy curioso curso de “defensa” en una Brigada del Ejército; también está la periodista a quien le tocó ser pionera del periodismo deportivo —mundo bastante machista, por cierto—; y, claro, está la reflexión de otra que estuvo a poco de renunciar a su oficio al dar una noticia que no era del todo cierta. Y como no todo puede ser narcotráfico, conflicto armado y tristezas, una última reportera rememora la entrevista a una vieja gloria de la ópera: porque esta ciudad, al tiempo que se bañaba en sangre, tuvo en la actividad cultural una forma de resistencia ante la muerte.

El libro celebra la mirada de Gabo, quien, a mediados de la década del 90 señaló la alegría que le dio pasar de ayudar a escribir notas editoriales hasta “ascender” al oficio de cargaladrillos, como una forma de explicar la valía de este oficio. Porque lo que hace al periodismo es la calle, la vereda, la reportería. Eso está claro seguramente desde los tiempos de Pulitzer o de John Reed. Y estos reporteros cargaladrillos, como se hacen llamar —y ¡cómo les gusta ese apelativo!—, cuentan esas experiencias en primera persona. Pero no para ufanarse, pues ninguno presume de sus reuniones en clubes sociales o salones de élite. Sus historias, por el contrario, están marcadas por la cotidianidad de largas jornadas en sus emisoras o periódicos y luego, al filo de la madrugada, llegar tarde a casa con la satisfacción de la labor cumplida y sin muchos premios rimbombantes, como no fueran los del reconocimiento que a veces le daban sus fuentes, como ocurrió en el bello texto de Amparo Restrepo, quien recibe seguramente su mayor premio de periodismo cuando, tras la muerte de su entrevistado, un familiar va a buscarla y agradecerle “porque usted lo hizo feliz los últimos días de su vida”.

Cargaladrillos es un pequeño viaje a la memoria; un poco “arqueología de medios”, en el sentido de que aparecen ciertas palabras que suenan arcaicas y anacrónicas, como télex, chiva, “quedas”, “nevera”, noticia reencauchada, o trasnochada, colchón...

Y sobre el origen del término mismo que da nombre a la compilación no hay certeza, pero seguramente es por esas inmensas grabadoras —como ladrillos— que muchos reporteros llevaban en su bolso como herramienta de trabajo.

Términos todos estos relegados al olvido, “guardados en la nevera”, dirán los protagonistas; y hacía falta este viaje al pasado en estas páginas, “escarbar en la memoria” para —al tiempo que se contaran aquellos hechos— volver sobre ellos y no jubilarlos ya en el olvido.

“Ser reportero es ser testigo, vibrar al ritmo de los acontecimientos, tomarles el pulso y registrarlos para llevarlos en otras palabras e imágenes”, dicen los editores.

En la noche que se presentó esta obra, la nostalgia, incluso la timidez, al principio, caminó en el espacio. Pero luego estos periodistas recordaron momentos plasmados en el libro y afloró un poco de orgullo. Algunos ya gozando de sus pensiones o en cargos con menos dificultades, ahí sí, entre ellos, como si fueran viejos marineros mostraban cicatrices de las dentelladas de un escualo; o, como soldados, las medallas al honor ganadas en fangosas batallas. Y reían, claro. Y no era para menos: presumían del premio mayor al oficio: la credibilidad que se lograron con sus aciertos y errores; el respeto de sus fuentes; la amistad y el colegaje entre ellos, construidos a golpes de humildad y constancia. Todos esos premios que jamás se lograrán hoy a punta de likes y tendencias.

Este libro, con recuerdos de cargaladrillos contados por ellos, es pionero. Es un homenaje a este bello legado del periodismo y ojalá vengan otros tantos. Porque valga decir que los cargaladrillos muchas veces ni siquiera en grandes acontecimientos que cubrieron pudieron contar sus nombres y su trabajo se vio opacado cuando se decía que fue “resumen de agencia”, o “redacción nacional”, o “unidad investigativa”, entre otras formas de anonimato. Colombia, en su búsqueda de construir tantas memorias, necesita también conocer el testimonio de los periodistas, sin filtros, como ellos las vivieron, como vivieron para contarlas. Porque detrás de cada historia noticiosa también hay otra: esas pequeñas grandes proezas, esos pequeños logros y aprendizajes acumulados poco a poco para ganarse el sustento, obtener el respeto de sus fuentes y de sus colegas y poder batirse y salir invictos en aquellos tiempos turbulentos. Los periodistas de ahora deberán valorar y aprender de sus experiencias.

Gracias, amigos cargaladrillos. En sus espaldas —como ladrillos— trajeron el testimonio de este oficio que muchos nos resistimos a “mandar a la nevera” del pesimismo, la ingratitud o el olvido.

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