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5 Sep 2021 - 5:30 a. m.

Ilusiones: decepciones

A veces he dicho –engañándome– que, para no tener decepciones, nunca me ilusiono. Lo cierto es que la vida, si uno no se ilusiona, va perdiendo buena parte de su encanto. Como dice la famosa canción de Manzanero sobre la paja: “qué me importa vivir de ilusiones / si así soy feliz”. Se sabe que las vísperas, a veces, nos producen alegrías y felicidades mucho más grandes que las mismas fiestas; que el juego previo puede gustar tanto como el plato fuerte, y que el ensueño del viaje puede ser más hermoso que el mismo viaje.

Creo que muchos de nosotros, cuando al fin recibimos la segunda dosis de la vacuna anti-COVID, tuvimos la ilusión de estar a salvo del virus que nos trastornó la vida y probablemente le dimos a la palabra “inmunizados” su sentido más pleno: ahora éramos inmunes a la enfermedad, teníamos una coraza hermética que nos protegería del virus del murciélago. No estuvo mal mantener viva esa ilusión por meses o semanas, pues fue esa quimera la que nos dio felicidad, fiestas, viajes, abrazos, caras amigas, durante algún tiempo.

Cuando fue apareciendo la verdad plena, la desilusión fue muy grande y muy triste la decepción, pero al menos ya nadie nos podía quitar lo bailao. Odiamos por un instante a los realistas que nos abrieron los ojos, pero supimos que, nos gustara o no, teníamos que volver a la amarga verdad. De repente “inmunizados” no quería decir que no nos fuéramos a contagiar, sino que la probabilidad de tener un contagio sintomático era menor, y la garantía que perduraba, de todas formas, era que si nos infectábamos, la enfermedad sería más leve y era mucho menos probable terminar en una UCI o en un ataúd. No imposible, pero sí improbable.

La gran ilusión se convirtió en un pequeño consuelo. Luego fueron llegando las noticias angustiosas de las nuevas variantes (que se iban desgranando con el alfabeto griego), para las cuales no se sabía aún si todas las vacunas servían o no y en qué medida. Afortunadamente hasta ahora las vacunas han servido para todas las variantes emergentes y los infectólogos piensan que las variantes que vendrán serán cada vez más contagiosas, pero menos letales. A los virus, en últimas, les interesa más difundirse, replicarse, que matar a sus huéspedes.

Bastó, sin embargo, la variante delta para que la ilusión se volviera también aprensión. Sin duda no había ni hay mejor protección que estar vacunados, usar mascarilla, lavarse las manos y evitar los lugares cerrados llenos de gente, pero la misma vacuna se parece a un chaleco antibalas que nos protege la mayoría de los órganos vitales, pero no las piernas. Y el tapabocas nos protege las vías aéreas, pero no las manos. Etc.

A estas alturas la gran ilusión de los países ricos es la tercera dosis de la vacuna, el refuerzo, para contrarrestar la caída paulatina de los anticuerpos. Aunque todavía no hay estudios conclusivos que digan que esta dosis de recuerdo sea absolutamente necesaria para quienes no estén inmunodeprimidos, ya los países ricos están acopiando (acaparando) terceras dosis que impiden que a los países pobres lleguen siquiera las primeras dosis. Y obviamente las farmacéuticas prefieren vender a quienes pagan el precio que sea y de contado, en vez de estar regateando con los países sin recursos que piden rebajas y plazos. Vivimos de la ilusión de la bondad ajena, del altruismo de los más elevados, pero ese tipo de ilusión es de las que terminan casi siempre en decepción.

La confianza que teníamos cuando nos vacunamos ha ido perdiendo fuerza, como las mismas vacunas. La ilusión más firme y mejor fundada que nos queda es que las vacunas, sus primeras dos dosis, evitan el COVID grave. Con esa ilusión vivo y la quiero mantener viva cada día. Las ilusiones ayudan a vivir mucho más si las cultivamos y mimamos sin miedo a nuevas decepciones. La ilusión, para que sirva, tiene que tener la fuerza de la verdad. Y por ahora es verdad que la vacuna, casi siempre, nos salva de la muerte.

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