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10 Aug 2022 - 5:30 a. m.

Ojalá se equivoquen

Tristemente, quienes pronosticamos que Iván Duque sería mal gobernante, entre muchas cosas, porque no estaba preparado para asumir la Presidencia, acertamos. Hubiera querido equivocarme, pero no fue así. De Duque no vale la pena volver a hablar, pues debemos condenarlo a lo que merece: la insignificancia; pero ahora, como cada que cambia el gobierno, se presenta una nueva oportunidad. Esta vez es una sin precedentes, porque por primera vez Colombia eligió un gobierno de izquierda y a un presidente y una vicepresidenta alejados del statu quo que lleva décadas gobernando al país.

Ante esta nueva y desconocida situación, los pesimistas presagian que Fidel Castro y Hugo Chávez reencarnarán en Petro y surgirá una versión de gobernante más nefasto que Nicolás Maduro. Nadie sabe qué sucederá, pero al repasar la historia reciente del continente y sus gobiernos de izquierda no hay un balance aterrador. Durante los años 60 y 70, en la mayoría de los países latinoamericanos la izquierda fue revolucionaria y facciones de esta vieron en las armas la única alternativa para arrebatarles el poder a las élites. Como reacción, surgieron en muchas de estas naciones atroces dictaduras de derecha o acuerdos entre los de siempre (como el Frente Nacional), perpetuando su autoridad. Entrados en el siglo XXI, las democracias se fueron consolidando y, como era de esperarse, aquellos que no pudieron participar en política a finales del siglo pasado, ante el clamor de los pueblos empobrecidos de sociedades extremadamente desiguales, se ganaron su representación.

Este desenlace no ha sido trágico en todas partes. Efectivamente Chávez y su sucesor, Maduro, son su peor ejemplo, seguidos por el kirchnerismo, que a pesar de sus pobres resultados sigue siendo elegido por los argentinos. También aparecen Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador, de quienes algunos afirman que estabilizaron políticamente a dos países que hasta entonces habían sido ingobernables. Por último, cabe mencionar a Lula da Silva en Brasil, Pepe Mujica en Uruguay y Michelle Bachelet en Chile, quienes —a diferencia de los anteriores, conversos por conveniencia— tienen en común trayectorias de izquierda consolidadas; uno, sindicalista radical; el otro, guerrillero, y ella, hija de líder de izquierda asesinado por la dictadura de Pinochet. Los tres, conscientes de la responsabilidad asumida y de las expectativas de sus electores, se convirtieron en líderes que cambiaron el rumbo de sus países, respetaron la democracia y promovieron políticas sociales que contribuyeron a mejorar las condiciones de vida de sus pueblos.

La trayectoria de Gustavo Petro se parece más a la de los últimos tres; así que, sin ninguna capacidad de predecir el futuro, por el bien de todos, ojalá quienes vaticinan una debacle y desean que se equivoque rápida y contundentemente se equivoquen.

Posdata. Lula, Mujica y Bachelet le apostaron a la educación, por lo que es un buen signo y un gran acierto el nombramiento de Alejandro Gaviria como ministro de Educación. Mis mejores deseos, pues recibe un sector en crisis, con la primera infancia casi olvidada, la básica y media con la deserción y el riesgo a desertar más altos de las últimas décadas, un retraso del aprendizaje sin precedentes por el mal manejo durante la pandemia, y miles de jóvenes sin opciones.

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