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24 Nov 2022 - 9:44 p. m.

Qatar y la disonancia cognitiva

Muchas personas a mi alrededor y en el mundo entero están intentando evitar ver el mundial de fútbol. Digo “intentando” porque la mediatización es de tal envergadura que no ver algo de lo que pase en Qatar parece casi imposible. Entiendo perfectamente las razones de este malestar y es importante al menos tenerlas en cuenta. No solo se trata de los miles de trabajadores que dejaron su vida, o parte de ella, construyendo los estadios, y de la abrupta manera de ver la vida en Qatar, sino también de las sucias artimañas de la FIFA para otorgarle a este país la sede del evento.

Amnistía Internacional habló en su momento de la “copa mundial de la vergüenza” y no es para menos. Según esta organización, se cometieron al menos siete tipos de abuso: elevadas comisiones de contratación, terribles condiciones de vida, mentiras sobre el salario, retrasos en los pagos, no poder abandonar el estadio ni el campamento, no poder salir del país ni cambiar de trabajo, y vivir bajo amenazas.

En 2021, el diario The Guardian indicó que al menos 6.500 trabajadores murieron durante la construcción de los estadios y es que no es para menos: jornadas de trabajo de 16 horas a altas temperaturas con alimentación deficiente y la preocupación de quedarse sin nada.

En la cartelera de Netflix, el documental Watch FIFA uncovered muestra algunos de los detalles de la terrible cadena de corrupción y poder detrás de la elección de Qatar como sede. Paradójicamente, la FIFA, que supuestamente debe dejar el nombre del fútbol en alto, lo único que ha hecho es enlodarlo con sus turbios negocios.

Sumarle a esta cruel demostración de mezquindad el triste destino de esos trabajadores es el peor abrebocas de un espectáculo que siempre ha paralizado el planeta. Aún recuerdo las emociones previas a un Mundial como el de México 86, donde lo que predominaba era el fútbol como fútbol y nada más. No deja de ser otra vergüenza, por ejemplo, que la mayoría de los jugadores no hagan nada al respecto y se planten en la cancha como si nada.

¿Deberíamos intentar no ver el mundial?

Desde una perspectiva ética, claro que sí. Pero se trata sin duda de una tarea difícil para los que amamos este deporte. Estamos ante una verdadera situación de disonancia cognitiva (Festinger, 1957): la tensión creada por la contradicción que existe entre amar el fútbol y darse cuenta de todo el daño que ha generado en Qatar. La tendencia de los seres humanos será buscar mecanismos internos para atenuar esa tensión y probablemente encontrar excusas del estilo “igual ya no se puede hacer nada” o “ese no es mi problema”, y así poder ver el mundial arrellanados en nuestros sillones favoritos. Sea lo que fuere, si somos conscientes de lo que ha pasado y sabemos que con nuestros “clics” y audiencia televisiva vamos a seguir enriqueciendo a la FIFA y a los jeques locales, la disonancia estará presente hasta la final del evento.

Y antes de que algunos de mis lectores decidan ponerme contra la pared por hacer reflexiones de tipo ético y tildarme de “moralista”, mi intención no es decirles a las personas lo que tienen que hacer; de hecho nunca lo ha sido. Mi intención es que cada uno se cuestione sobre lo que está pasando y decida desde lo más profundo de sí mismo tomar algún tipo de postura al respecto (yo mismo no sé qué voy a hacer).

@jfcarrillog

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