22 Jul 2021 - 5:00 a. m.

La aldea global

Ya sabíamos qué con la revolución tecnológica en curso se habían borrado las barreras de espacio y tiempo, que desde sus orígenes habían enmarcado/condicionado la vida humana. Pero lo que nadie intuyó son los efectos que tendría en el comportamiento ciudadano y en la política, cuyo primer campanazo fue la Primera Árabe del 2010 en Túnez y Egipto. La acumulación de frustración y desesperación llevó a que se expresaran masivamente sin que los políticos se dieran por notificados, generándose un mundo política y socialmente disfuncional.

Y a este mundo sumido en la revolución tecnológica en curso, le llegó en pocos años el gigantesco y aún desconocido poder de las redes sociales como medio insuperable para la comunicación y movilización de los ciudadanos, especialmente los jóvenes, que solo tienen en común “estar conectados”, generalmente por medio del celular, y compartir un sentimiento de frustración teñido de rabia por su presente plagado de privaciones y frustraciones y sobre todo por un horizonte de “no futuro”, realidad vitalmente dramática.

Esta realidad empezó a configurarse hace casi medio siglo, cuando apenas asomaba sus orejas la revolución tecnológica en las comunicaciones, y el mundo empezó a ser descrito como “una aldea global” dado el grado de integración espacio temporal que se iniciaba y que habría de generar situaciones y comportamientos semejantes en los distintos países. En esta última década esa realidad fue abriéndole la entrada a una verdadera aldea global de la protesta ciudadana, que empezó a aflorar con sus características o disparadores nacionales: el tiquete de metro de Santiago, la reforma tributaria en Colombia, el asesinato de George Floyd en Estados Unidos, los indignados españoles, los peajes que desataron la furia de los chalecos amarillos franceses, Hong Kong y la presión de Pekín… y ahora Cuba con su grito de Patria y Libertad.

Es indudable que se da una mezcla de elementos propios de cada país, que actúan generalmente como chispas que encienden una situación que estaba tensionando la atmósfera social, en un proceso dinamizado por la atmósfera internacional presente en una aldea global operando en modo protesta. La convocatoria espontánea y masiva, al menos en sus orígenes, nace entonces de un ambiente social cargado y explosivo que se encuentra con la chispa (o pretexto, podría decirse) y se expande dada la increíble capacidad de convocatoria de las redes; una convocatoria sin estrategia o convocante personal o institucional, fruto de ciudadanos que espontáneamente llenan el vacío de poder existente, un poder aislado de ellos y controlado por partidos que ya no los representan. A la movilización social generada buscan aprovecharla grupos de extrema con el ánimo de controlarla para sus propósitos.

Lo actual es expresión desnuda de la crisis de los partidos y de la política como los conoció el mundo en los dos últimos siglos. Situación especialmente dramática en las democracias liberales con régimen representativo, pero que también ha golpeado a países con otros sistemas o prácticas políticas, donde es la voz del poder estatal y no la voluntad ciudadana la que se escucha y obedece: Rusia, Turquía, China y ahora Cuba.

Vivimos la reivindicación concreta del fortalecimiento de los individuos como ciudadanos responsables y actuantes, que quieren ser libres y autónomos pero comprometidos; que rechazan tanto el centralismo estatizante y no democrático, por no decir antidemocrático, y el individualismo anárquico de un neoliberalismo antidemocrático y antisocial. Oportunidad histórica para construir una política nueva, por democrática e incluyente, respetuosa de los derechos de las personas y grupos, y de las diferencias que le dan identidad y riqueza a la vida individual y social.

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