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18 Jan 2022 - 5:01 a. m.

Cuatro lecciones del torneo que perdió Djokovic en Australia

Ojalá Djokovic se vacune y muy pronto vuelva a competir. Al fin y al cabo, él lo que sabe hacer es jugar tenis. Para decidir si nos debemos vacunar, hay que consultar a la comunidad científica y no al mejor jugador de tenis del mundo actual.

El mundo del deporte inició el año con un escándalo de proporciones mayores: el mejor tenista de los últimos años, y primero en el escalafón mundial, ha decidido no vacunarse contra el COVID, pero aspira a seguir participando en todos los torneos, independientemente de las restricciones que establezcan los países en los cuales desea competir. El gobierno de Australia, aduciendo que Djokovic representa un riesgo para “la salud y el orden público”, le negó por segunda vez la visa, lo deportó y podría prohibirle la entrada durante los próximos tres años. No hay duda, si hubiera jugado, los antivacunas habrían alcanzado un triunfo de resonancia mundial. Eso lo sabía y, como gran competidor que es, quiso jugar un torneo contra el gobierno de Australia. Afortunadamente lo perdió y lo ganaron la salud, el cuidado colectivo y la ciencia.

Inicialmente los abogados del tenista habían logrado frenar el proceso de deportación. Sin embargo, el torneo terminó muy mal para Djokovic y su imagen se deterioró sensiblemente porque el argumento que expuso para solicitar el visado especial fue un supuesto COVID que contrajo cerca del 16 de diciembre. El problema es que tenía que demostrarlo con prueba y corroborar el necesario aislamiento posterior. Es por eso que, se puede exponer a sanciones mucho más graves si la prueba presentada resulta no ser real. Y todo indica que, si tuvo COVID, no cumplió con el aislamiento establecido en Serbia, que realizó una entrevista con la revista francesa L’Equipe sin advertirle al periodista, que interactuó con diversas personas sin medidas de bioseguridad, que viajó fuera del país y que no lo informó al ingresar a Australia.

Estamos ante un problema ético, de salud y político de dimensiones mundiales. No es el primer caso en el deporte y no será el último, pero sin duda es el más importante hasta el momento. No hay que olvidar que estamos ante uno de los tres únicos ganadores de 20 Grand Slam en la historia –los otros dos son Federer y Nadal–, y en su caso 9 de ellos fueron obtenidos en Australia.

Son estas circunstancias especiales las que nos llevan a comentar el caso y a pensar en las lecciones que nos deja.

Primera. Cualquier ciudadano es libre de no vacunarse, ese es un derecho sagrado y protegido en las democracias. En consecuencia, nadie le puede exigir que se vacune a quien no desea hacerlo. Sin embargo, no hay que olvidar que el mayor problema hoy es que estamos ante una enfermedad transmisible y, en el caso de ómicron, estamos ante el virus más contagioso conocido en la historia de la humanidad. Según estudios realizados en el Hospital de Massachusetts en EE. UU., un caso de sarampión daría lugar a 15 contagios a los 12 días. ¡Uno de ómicron originaría 216!

En este contexto, lo que no quiso entender el jugador es que Australia también es libre de establecer condiciones para ingresar, y una de ellas es estar vacunado. Así lo han establecido muchos países en el mundo. Otros prohíben ingresar a eventos masivos o lugares cerrados a quienes no estén vacunados, o exigen pruebas negativas al inmigrar, y también son libres de hacerlo. Quienes no se vacunen no pueden pretender transgredir las obligaciones que establecen los Estados para permitir movilizarse, mucho menos si se comprueba falsedad en la información que reportan al ingreso.

Mis derechos individuales no anulan el derecho que tienen otros para establecer los suyos. Por eso estamos ante una clara tensión entre derechos individuales y colectivos, en este caso los del tenista y los del gobierno de Australia. Claro que los ciudadanos tienen derecho a no vacunarse, pero no pueden exigir que les permitan circular libremente por cualquier lugar o espacio, porque si así lo hicieran, violarían el derecho de los demás a protegerse.

La segunda lección la formuló la extenista Martina Navratilova: “Si quieres ser un líder, debes dar ejemplo por el bien común”. En lugar de exigir un trato preferencial, saltarse las reglas y la fila, un líder debe pensar en el bienestar colectivo y dar ejemplo de cumplimiento. En la vida pasa algo similar: cuando un senador, ministro, presidente, asesor o juez cae en el autoritarismo o la corrupción, las consecuencias son especialmente graves porque, con sus actos, avala que otros hagan lo mismo.

Un ejemplo nacional. Cuando Antanas Mockus encontró que uno de cada tres estudiantes de 15 años era anómico y que, debido a eso, justificaban hacer lo que cada uno quisiera sin tener en cuenta los derechos y las consecuencias sobre los otros, él les preguntó por qué lo hacían. La respuesta dominante de los jóvenes fue: “eso es lo que hemos visto en nuestros gobernantes”. Es decir, si ellos lo hacen, ¿por qué yo no lo puedo hacer? No hay duda: una sociedad debe ser especialmente severa con los líderes cuando violan las reglas buscando un beneficio personal.

Todo indica que Djokovic mintió al ingresar a Australia y que actuó de manera muy irresponsable teniendo en cuenta exclusivamente sus intereses. El también tenista Stefanos Tsitsipas lo dijo sin ambigüedades: “Él quería jugar con sus propias reglas”. Y hay que recordar que no es la primera vez que le pasa. En los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 ya había dado un espectáculo más propio de niños malcriados que de grandes jugadores: perdió, rompió la raqueta, no supo manejar la presión y renunció al torneo. Para completar, abandonó a su país y a su compatriota en dobles mixtos al no salir a la cancha a luchar por la medalla de bronce. Seguramente le parecía muy poco para él.

Como le hubiera dicho Mockus, no todo vale en el deporte y tampoco en la vida. Al parecer, una mentira condujo a la otra y eso terminó siendo fácilmente detectado por el gobierno de Australia. Ojalá aprenda la lección.

Tercera. En todos los países la evidencia es contundente: las vacunas no nos protegen del virus, pero sí disminuyen sensiblemente la posibilidad de llegar a las UCI y de fallecer por COVID. Es por ello que en Singapur se cobran las facturas médicas a los pacientes hospitalizados por COVID-19 que por decisión propia no se hayan vacunado. Ese no sería un problema para Djokovic, pero sí lo puede ser para millones que quieren esperar a que se perfeccionen las vacunas antes de aplicárselas.

El nobel de medicina Jules Hoffmann asegura que, a lo largo de la historia, las vacunas “han salvado 1.500 millones de vidas humanas”. Como argumentan algunos que no se han inmunizado contra el COVID, la comunidad científica tuvo muy poco tiempo para crearlas. Eso es cierto. Si se hubieran demorado unos cinco años más, por ejemplo, muy seguramente serían más efectivas contra todas las variantes actuales y futuras. Pero la pregunta que hay que hacerse es otra. Si no tuviéramos vacunas, ¿cuántas personas más habrían terminado en UCI y cuántas más habrían muerto? ¿Cuántos de los que fallecieron por COVID hubieran dado todo lo que tenían y más para poder evitar la muerte, aun sabiendo que estaban ante una vacuna que seguiría perfeccionándose?

Ojalá Djokovic se vacune y muy pronto vuelva a competir. Al fin y al cabo, él lo que sabe hacer es jugar tenis. Para decidir si nos debemos vacunar, hay que consultar a los científicos y no al mejor jugador de tenis del mundo actual. Ojalá en el futuro veamos a Djokovic jugando tenis y escuchemos hablar sobre vacunas a las autoridades de la comunidad científica en el mundo. Esa es la cuarta lección y la más importante de todas.

* Director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria)

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