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Si hubiera que definir el sistema político colombiano, diría que es una democracia traqueto-monárquica. Esto es especialmente cierto en el caso del Congreso, donde las curules de los representantes caídos en desgracia son heredadas por sus amigos y parientes sin mayores sobresaltos y con el aval de un postulado de hierro: los delitos de sangre no existen.
Estas aberraciones suceden en todos los partidos, pero hay un cartel que se dedica de manera exclusiva al reciclaje. Tiene unos 20 años de existencia y se ha llamado Movimiento Popular Unido (MPU), Movimiento de Inclusión y Oportunidades (MIO, una filial del MPU fundada por Juan Carlos Martínez), Convergencia Ciudadana, Alianza Democrática Nacional (ADN), Colombia Viva. Tuvo su apogeo en 2010, cuando el PIN alcanzó nueve curules en el Senado con nueve tinieblos. En una muestra de estoico pluralismo, el PIN apoyó a Uribe en 2006 y a Santos en 2010.
Los PIN cambian de nombre todos los días porque saben que son impresentables. Ahora son Opción Ciudadana. ¡Mosca!
Sus líderes, los de mostrar, son la Gata, Zulema Jattin, el Gordo García, el Tuerto Gil, Juan Carlos Abadía, Yahir Acuña, Hugo Aguilar —el del Porsche—, Kiko Gómez, Dieb Maloof y Habib Merheg. Un dream team de pesadilla.
A las almas piadosas nos molesta que estos señores pisen el sacro suelo del Capitolio. Pero bien miradas las cosas, debemos aceptar que estos señores representan con fidelidad la nueva Colombia, ese país que nació de la revolución que está sacudiendo nuestras estructuras sociales desde los 80 a punta de perica y motosierras, y mal haríamos en decirles ahora: no, señores, ustedes no juegan. Limítense a hacernos el trabajo sucio.
Pero no podemos rendirnos. Hay que votar. El Congreso tiene más de un tercio del poder público. Las leyes, la Constitución, las partidas para las regiones y la elección de magistrados, procurador, contralor y defensor están en sus manos.
Hay que perseverar. “Nada se construye sobre la piedra, todo sobre la arena, pero nuestro deber es construir como si fuera piedra la arena”. Aquí voy.
Con excepción del narconovelista Gustavo Bolívar (Lista de la Decencia), del señor cuyo nombre se me escapa y que Gaviria puso a encabezar la lista liberal al Senado para acabar de joder a De la Calle, y de Rodrigo Lara (Cambio Radical), un sujeto precozmente viscoso, las cabezas de lista tienen peso histórico: Robledo, Mockus y Roy Barreras. Votar por cualquiera de ellos es fortalecer lo que queda de los partidos, que siempre son mejores que los proyectos personalistas, esas incubadoras que siempre paren santones: Perón, Fujimori, Chávez, Uribe… ¿Petro?
Si prefiere caras jóvenes, en las listas de Alianza Verde hay una espléndida cantera: Catalina Ortiz, Cámara por el Valle, 101. Creadora de INNpulsa y exdirectora de la Fundación Terpel; Juanita Goebertus, Cámara por Bogotá, 110, mano derecha del excomisionado Sergio Jaramillo y fórmula en Bogotá de Angélica Lozano; Odorico Guerra, Senado, 77, presidente de la Mesa Nacional de Víctimas.
O vote por Martha Isabel Rodríguez, Senado, la U 53, Mujer Cafam 2014, Mujer del Año en Casanare (territorio Marlboro) y ganadora de varios premios dentro y fuera del país por su liderazgo femenino y su labor social. O por Soraya Bayuelo, Cámara por Bolívar, Partido Liberal 102, Premio Nacional de Paz, representante de las víctimas y líder social amenazada.
Por respeto, no votaré en la consulta del Centro Democrático. Ojalá gane Marta Lucía Ramírez. Primero, porque nadie, ni siquiera ella, puede hacerlo peor que los machos que han labrado con esmero esta catástrofe. Y segundo, porque me aterra que se reediten los horrores de la Seguridad Democrática.
