El Caminante

Credibilidad

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De tanto no creernos entre nosotros, hemos terminado por no creer en nada, o por creer solo en milagros y en pociones mágicas. No le creemos a la justicia, ni a la política ni a la policía, y etc., porque quienes se encargan de impartir justicia o de legislar o cuidar han hecho lo posible y lo imposible para salpicar sus labores de lodo. Las salpican, las hunden, las entierran cuando se venden al mejor postor, cuando aspiran a un cargo, cuando transan con el poder, cuando actúan en pos de un beneficio, cuando aceptan un premio, cuando salen a decir cosas mínimas con gigantescas palabras mal conjugadas o cuando muestran con sus fallos, leyes y operativos que les importan más las modas, lo políticamente correcto y la aprobación, que lo justo, porque nos guste o no nos guste, todo lo que hacemos tiene sus consecuencias y afecta nuestra credibilidad, y nos guste o no, desde que nacemos representamos a alguien.

Primero, representábamos al colegio, a nuestro barrio y a nuestra familia. No decían, tal o cual hizo esto. Decían, el niño malcriado del colegio X se robó un paquete de caramelos. Luego, con los años, a aquellas primeras representaciones se les fueron sumando otras: universidad, color de piel, género, ciudad, país, continente, y más tarde profesión, lugar de trabajo, condición social, oficios, aficiones. Nuestras palabras, actos, silencios, miradas, eran, fueron seguidos por lo que representábamos, hasta el punto de que ya nunca más hablamos en nombre propio, ni fuimos en nombre propio, sino en nombre de algo, o de algunos. Incluso, nos volvimos herederos de herederos, y representantes de personajes que ni siquiera conocimos. Asumimos su legado, estuviéramos o no de acuerdo, y terminamos por comprender que nuestros actos influían en ellos y en su credibilidad. En su prestigio.

Nuestros pasos, fuéramos o no conscientes de ello, eran los pasos de mucha otra gente. Y su imagen. Por eso, lo grave no era tanto que robáramos por el dinero en sí, sino por lo que representaba el robar y las consecuencias que tenía. Y las consecuencias fueron que con cada robo, con cada trampa, cada viveza y cada pasar por encima del otro, potenciamos los robos y la viveza y el pasar por encima de los demás. Sin decirlo, nuestros actos gritaban que ese era el camino a seguir, e íbamos y fuimos multiplicando la idea del todo se vale, hasta que la volvimos costumbre. Tan costumbre, que algún político dijo, “la corrupción en sus justas medidas”. De aquella pequeña corrupción pasamos a esta inmensa corrupción en todos los frentes y de todos los colores, que cada día será más inmensa, más profunda y estará más arraigada en nuestro día a día, sencillamente porque jamás nos detuvimos a pensar que nuestro ejemplo hablaba mucho más que nuestras palabras.

Con nuestro ejemplo y el de tantos otros, y por ese ejemplo, terminamos por destruir nuestra credibilidad, la del vecino, la del compañero, e hicimos trizas la confianza en los jueces, los políticos, los militares y los funcionarios de todos los rangos, sin comprender que esa confianza era, es y será esencial para nosotros mismos y nuestra convivencia.

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