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11 Apr 2022 - 5:30 a. m.

La edad de la muerte

La edad de la muerte

¿A qué edad se muere uno?, pregunto, con voz de niño. No hay una edad, me dirá algún superadulto, muy experto en cosas de la vida, pero ignorante absoluto en el tema de la muerte, puesto que nadie la ha vivido para contarlo.

Estoy impresionado al leer que ese actor de gran pinta, Alain Delon, estaría tramitando —como si se tratara del pasaporte— la llamada muerte asistida, en sus lúcidos 86. No ha faltado quien desmienta esta noticia. Me cimbré con el número, próximo a ser el del santo padre Francisco, entre otros. Delon fue un adonis perfecto, para la época en que Brigitte Bardot fue top de belleza femenina, algo así como si fueran Adán y Eva recién creados, que de la mano de Dios debieron salir perfectos. No sé por qué pienso que la evolución de las especies, para quienes niegan el soplo creador, no ha sido para mejorarlas, sino para deteriorarlas en una especie de proceso degenerativo. Atreviéndome con Teilhard de Chardin.

Me impresiona que le hubiese llegado la hora al exitoso Delon y es que en la cumbre de la edad se tiene la poco deseable oportunidad de ver la caída en vejez de la especie toda que lo ha rodeado en vida. Uno también se mira en el espejo, pero se tiene compasión y lástima y, bueno, el golpe no será nunca una sorpresa.

“Hola, qué maravilla, no te pasa un año, estás regio”, dicho lo anterior con acento bogotano, que por cierto yo lo imito bien. Pero, tan pronto uno da la vuelta, ese mismo que nos había elogiado soltará aquello de: “Uy, este tipo se acabó”.

Perdónese la digresión, pero tal vez propia para esta Santa Semana. El Evangelio nos dice que ni la edad ni la hora de la muerte se nos darán a conocer con anticipación: “En la hora menos pensada vendrá el hijo del hombre”. Frase que en cierto modo nos consuela pues indica que no estaremos solos en ese momento fatal, que alguien viene por nosotros, que alguien llega a recogernos, como se dice familiarmente cuando se nos quiere cuidar.

Se está propagando eso de morir a los 100 años. En mi cercanía ha habido varios casos y algunos ni siquiera han muerto. No es deseable porque tal longevidad llega tocada de demencia. Es en ocasiones un tropiezo para los seres, muy queridos ellos y muy pacientes, que se hallen a cargo. La vejez con lucidez es bella y, si es la de un ser querido, es adorable.

Sigo los años de las personas, como sé que ellas siguen los míos. Pues todos vamos progresando en edad, como el Niño Dios progresaba en edad y sabiduría, delante de Dios y de los hombres; es un consuelo ir acompañado, pues esto va rápido. La juventud de ayer está en los 60 y los presidentes de ayer frisan los 70. Cerca tenemos al presidente Biden, en Norteamérica, ya casi anciano, sin defraudar. A su edad, parece haber resuelto así la crisis de Ucrania: ni tanto que queme al mundo ni poco que no lo alumbre.

Longevos
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