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Solemos considerar que los seres humanos somos la especie más evolucionada sobre el planeta Tierra. Nos admiramos al ver los grandes avances tecnológicos o las maravillas de la ingeniería de los seres humanos. Creemos, entonces, que la civilización es nuestra creación más importante, pues nos hace diferentes de los animales, a quienes vemos como seres salvajes e inferiores.
Sin embargo, cuando miramos a lo largo y ancho de nuestra cultura, nos damos cuenta de que en verdad, no podríamos estar tan orgullosos: nuestro diario vivir no es tan civilizado, ni tan evolucionado. Desde la antigua Roma hasta las montañas de Colombia, pasando por el Medio Oriente, hemos asesinado, violado o reducido a la esclavitud a otros seres humanos, aduciendo razones étnicas o religiosas, políticas o económicas. Hemos hecho del respeto a la libertad el gran ausente.
¿Cómo podemos imaginarnos seres evolucionados o civilizados cuando el respeto a la libertad es sólo discurso retórico que no tiene eco en nuestra actividad diaria?
Declarar la guerra y matar, secuestrar o violar, despojando de la dignidad a otros; ser cómplices cobardes o indiferentes de la injusticia social, son sólo algunos ejemplos de las acciones que los seres humanos civilizados son capaces de realizar. Celar o controlar; censurar la expresión del pensamiento o inhibir el afecto; castigar o maltratar, son sólo unos de los comportamientos que las familias civilizadas consideran normales para lograr que el hijo, la esposa o el hermano se comporten como el que manda, espera y desea. Y, lo más increíble, todo esto se hace para salvaguardar el orden, la civilización y la libertad.
Así, los medios nos informan de que alguien, mujer u hombre, niño o viejo, fue secuestrado y asesinado por los islamitas radicales en Pakistán; que en los territorios palestinos otros murieron por “el excesivo uso que el ejército israelí hace de la fuerza”; que en un pueblo abandonado, alguno de los actores del conflicto armado puso una bomba en una iglesia; o que en cualquier rincón del mundo un dictador mandó torturar a un ser que se creía libre y dio su opinión acerca de lo que sucedía.
Y en las conversaciones cotidianas nos enteramos de que en nuestro mundo civilizado, una mujer estaba adolorida porque su hijo era mantenido recluido en una cárcel sin haber sido condenado hace cerca de dos años; un niño relata que el cultivo de fríjol se dañó por culpa de las fumigaciones y que los hombres que antes ayudaban a recoger la cosecha se han ido asustados; un empleado cuenta que no puede asistir a la presentación de la obra de teatro de su hijo de siete años porque eso ocurre durante las horas de oficina; una mujer se declara asustada porque su jefe la acosa sexualmente y nadie la defiende.
Resulta verdaderamente salvaje que tengamos que luchar por la libertad, como si ella fuera un bien por adquirir y no un derecho de nacimiento. Lo verdaderamente violento es que quienes detentan la autoridad y el poder, crean que pueden ser dueños de la libertad de otros.
En un mundo civilizado y evolucionado, los derechos no se reclaman sino que existen; los jefes, líderes o gobernantes no censuran, persiguen ni intimidan. Más bien se hacen presentes para reconocer las necesidades y crear mecanismos de satisfacción, para validar la diferencia de pensamiento y construir nuevas opciones, para acoger los sentimientos y generar formas expresivas y creativas. La violencia que restringe o elimina la libertad nunca podrá construir una civilización de la que se pueda estar orgulloso.
