Reforma fiscal 2021

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El 2021 será particularmente importante para las cuentas fiscales colombianas. El ministro de Hacienda confirmó que habrá una reforma tributaria en la primera legislatura. ¡La tercera en tres años de gobierno! El contexto en que abordaremos la discusión será complejo: la deuda como porcentaje del PIB se dobló desde 2010, el déficit fiscal alcanzará cifras inéditas este año y, el entrante, la regla fiscal está suspendida, las notas de las calificadoras nos tienen en el último escalón con grado de inversión y con perspectivas negativas. Un mal paso, y lo bajaremos de nuevo.

Los dilemas son gruesos. Un ajuste a la baja del gasto público como lo piden algunos frenaría la recuperación económica y, de hecho, podría generar peores indicadores fiscales. Lo mismo podría ocurrir con un ajuste tributario inmediato. Quedarse quieto tampoco es un camino posible. Para completar la dificultad, la reforma se tramitará con la mira puesta en el calendario electoral. Los peligros de una solución populista son enormes. ¿Qué hacer?

Por el lado del gasto, la reforma debería venir amarrada a un salto en eficiencia en la política social. En los últimos 20 años Colombia ha hecho grandes avances y aprendizajes en materia de trasferencias monetarias directas y subsidios. La pandemia los aceleró. Pero esa expansión ha venido acompañada de una dispersión y en el caso de algunos subsidios, como los de la energía, de una muy mala focalización. Esos programas se pueden concentrar en transferencias monetarias únicas cuyo monto dependa de puntaje Sisbén. Esa estrategia, la de poner los recursos en la billetera de los más pobres y vulnerables, tiene la ventaja adicional de tener efectos macroeconómicos más grandes. Su propensión a consumir, como lo llaman los economistas en su jerga, es mayor que la de la población más rica y, por lo tanto, más allá de los efectos de alivio de pobreza, de eficiencia, de justicia social, tiene más impacto sobre la actividad económica total.

Por el lado de los ingresos, las calificadoras y el mercado en general necesitan saber que su senda garantiza la estabilidad futura. Esa métrica no requiere un ajuste tributario inmediato. La reforma puede tramitarse en esa legislatura, pero sus efectos pueden ir tomando efecto de manera paulatina en el futuro. Eso aliviaría las preocupaciones del freno inmediato de la actividad de consumidores y empresas, y las consideraciones electorales.

La reforma debe cerrar los boquetes tributarios empresariales. Hemos acumulado reforma a reforma tratamientos especiales para múltiples sectores productivos, minando el recaudo y empujando a los sectores no escogidos a tarifas muy altas. Sin boquetes, las tarifas generales se pueden reducir sustancialmente y de paso cerramos el grifo a los rentistas que son un freno al desarrollo económico general. Algo similar ocurre con impuestos a los ingresos personales, en donde tanto la base como las fuentes (ej. pensiones, dividendos)se deben ampliar. El Gobierno ha estado estudiando la conveniencia de algunos impuestos verdes. Serían bienvenidos. Asimismo, rescatar los impuestos al azúcar tendría sentido y ciertamente hay que quitar el embeleco del día sin IVA. Todo eso no alcanza. Habrá que aumentar el cubrimiento del IVA a más bienes y eso tendrá que venir atado al salto en la política social arriba expuesto.

Confieso poco optimismo. Duque como senador cumplió un rol protagónico en tumbar el impuesto a las bebidas azucaradas. Saca pecho por el día sin IVA. Uribe está en contra de extender el IVA. Ambos han sido reyes de las nuevas exenciones empresariales. Ojalá me equivoque, pero sospecho que dentro de un año estaremos hablando de la reforma tributaria necesaria para 2022 de cara a recuperar el grado de inversión.

@mahofste

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