Reforma sin análisis

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El Gobierno ha divulgado partes de la nueva reforma tributaria que se presenta como una forma de amplificar los ingresos tributarios para ampliar los gastos sociales y mejorar la distribución del ingreso. Con una meta de recaudos de $25,4 billones, propone subir el IVA con devoluciones, reducir las exenciones tributarias y elevar el impuesto a la renta para las personas naturales.

En la presentación política aparece como una forma de cubrir los gastos de la pandemia y mejorar significativamente a los sectores más vulnerables; pero esto no es muy claro, pues los sectores más vulnerables apenas reciben $7,5 billones.

En general, se encuentra que el desplome del modelo económico y la pandemia le costaron al país daños enormes por $130 billones. Le significaron serias fallas estructurales que se reflejan en la caída del crecimiento y el deterioro en la distribución del ingreso. Los impactos sobre la población se buscaron compensar con déficit fiscales financiados con crédito externo del 8,5 % del PIB en 2020 y 2021. De estos recursos solo les han llegado a los sectores más vulnerables $4 billones. La parte restante es un misterio y no se sabe dónde están. Lo lamentable es que estos recursos no evitaron el desplome de la producción y el empleo en 2020, ni su prolongación en 2021.

La reforma tributaria viene a cubrir los desaciertos de la pandemia y el fracaso del modelo económico. La reforma se destinará en una pequeña parte a ampliar los apoyos a los sectores menos vulnerables en una cuantía de $7,5 billones. La mayor parte de los recursos se orienta a pagar el endeudamiento representado en gastos del pasado. El peso de la operación, que es equivalente a una reducción del salario, recae en la clase media con ingreso promedio cercano al salario mínimo. Y no se puede esperar una respuesta pasiva. De seguro, la clase media procederá a eludir los mayores impuestos con la reducción del ahorro.

Al final, se tiene una operación financiera inoperante. El único beneficio tangible es el modesto aumento en los apoyos a los sectores vulnerables. La otra parte queda en pagos de la deuda para cubrir los destrozos de la economía causados en el pasado por la pandemia y el fracaso del modelo económico.

En este momento, es claro que el fracaso del modelo y la cuarentena provocaron un monumental deterioro de la distribución del ingreso y una reducción del ahorro que ha mantenido deprimidas la inversión y la producción. El desastre se manifiesta claramente en la caída del ahorro, el producto y el empleo, el cuantioso y creciente déficit en cuenta corriente, el disparo de los índices de pobreza y el deterioro del coeficiente de Gini. La reforma tributaria basada en gravámenes indirectos y al ingreso corriente no contribuye a modificar el panorama, porque no afecta el ahorro y reduce la participación del trabajo en el producto nacional.

No se ha querido entender que la debacle de la cuarentena se originó en la reducción del ahorro que desquició el balance interno entre la producción y la demanda efectiva. Se generó un estado de ahorro faltante que precipitó el desplome de la producción. Ahora, se presenta un estado similar. El bajo ahorro prolonga la caída del producto y el empleo, como se vio en las cifras de enero, y acentúa las desigualdades de ingresos. Lo que se plantea es el cambio del modelo económico de libre mercado causante de la crisis, mediante reformas estructurales que aumenten el ahorro, la producción y el empleo, a tiempo que sostengan el salario por encima de la productividad y reduzcan la inequidad distributiva y la pobreza. El primer paso es una coordinación mínima entre la política fiscal y la monetaria que asegure el apoyo permanente a los sectores vulnerables y disminuya rápidamente la pobreza.

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