19 Oct 2021 - 4:45 a. m.

La hora de los “poetas sociales”

En tiempos de distopías, cuando además la pandemia reveló infinidad de miserias en la sociedad, surge en el discurso del pontífice Francisco una posición que, por su naturaleza y dimensiones, es la factura de una utopía contemporánea. Y las utopías, dinámicas de lo imposible (“seamos realistas, pidamos lo imposible”, proclamó el mayo francés), además de hacernos caminar, como lo enarboló un director de cine argentino, nos motorizan las ganas de lucha.

En el IV Encuentro Mundial de los Movimientos Sociales, en el que participaron, entre otros, cartoneros, recicladores, mineros, obreros de empresas recuperadas, cooperativistas, vendedores ambulantes, el papa reclamó por el “salario universal”, la reducción de la jornada de trabajo (a seis horas) y a las transnacionales de la química farmacéutica les pidió liberar las patentes de las vacunas.

En un mundo de infamias, de neocolonialismo y segregaciones, propuestas como las de un “ingreso básico para que la gente pueda acceder a los más elementales bienes de la vida”, es un desafío a corporaciones y grandes empresarios para que asuman esta tarea. Si bien, como es conocido, en países como Colombia el salario mínimo no alcanza niveles dignos, porque desde arriba se propulsa la falacia de que desestimula el empleo y cultiva la inflación (uno de los recientes Nobel de Economía, David Card, demostró que no solo el aumento del salario mínimo no baja el empleo, sino que lo aumenta), la propuesta papal del “salario universal” es una oportunidad de abrir debates y concertaciones entre dueños y trabajadores.

Con la voz de Francisco volvieron a la palestra las gestas de los trabajadores del siglo XIX, en Europa y Estados Unidos, con las heroicas jornadas de “los tres ochos”, que condujeron, tras la sangre derramada por los Mártires de Chicago, a la reducción de los turnos de trabajo, que en muchas partes eran de doce y más horas. “Cuando conquistaron la jornada de ocho horas no colapsó nada como algunos sectores preveían. Entonces, insisto, trabajar menos para que más gente tenga acceso al mercado laboral es un aspecto que necesitamos explorar con cierta urgencia”, acotó el sumo pontífice.

Asistimos a tiempos de privatizaciones, de dominio de las transnacionales, de destrucción planetaria y de abismales desigualdades sociales y económicas. Son días en que el imperialismo viola soberanías, decide a su amaño sobre la suerte de los pueblos, impone a sus neocolonias políticas de sometimiento. Son jornadas de desaliento de millones de migrantes, azotados por humillaciones y el dolor de la partida. Y también son tiempos propicios para los sueños de cambiar el mundo.

El jerarca católico (cuya Iglesia también ha tenido una historia sangrienta, con infinidad de desmanes, sobre algunos de los cuales ya se ha pedido perdón) propició con sus palabras, dirigidas a quienes él llamo “poetas sociales”, un retorno a la necesidad de modificar las relaciones sociales. A las voraces corporaciones extractivas —mineras, petroleras, forestales, inmobiliarias, de agro negocios— les pidió “que dejen de destruir los bosques, humedales y montañas, de contaminar los ríos y los mares, de intoxicar los pueblos y los alimentos”.

El papa sabe, y así lo dejó entrever en su discurso grabado, que los obreros, los artesanos, los recolectores de basura, los pescadores, los campesinos, los jornaleros, en fin, los “poetas sociales” (“la poesía es creatividad”, anotó el líder religioso) son un “verdadero ejército invisible, son parte fundamental de esa humanidad que lucha por la vida frente a un sistema de muerte”. No se sabe si esas entidades dueñas del mundo harán caso a la alocución, pero es una posibilidad de pensar en los urgentes cambios que requiere un sistema de agresiones al hombre y al trabajo.

No es asunto menor el llamado que, a su turno, hizo a las corporaciones alimentarias: “dejen de imponer estructuras monopólicas de producción y distribución que inflan los precios y terminan quedándose con el pan del hambriento”. Y a los fabricantes y traficantes de armas para que “cesen totalmente su actividad”. Lo dicho: suena utópico, pero es una voz que puede atravesarse a los intereses mercantilistas y casi siempre inhumanos de los explotadores y otros canallas.

En esta era de las tecnologías informáticas, y de los monopolios que las dominan y crean un mercado de plusvalías a granel, sin importarles a estos la utilización de manipulaciones, la promoción de la “posverdad” y otros mecanismos de control y “embobamiento” masivo, el papa encaró a tales compañías. “Dejen de explotar la fragilidad humana, las vulnerabilidades de las personas, para obtener ganancias”, les dijo y cuestionó las “falsas noticias”, los discursos de odio, las teorías conspirativas, el abuso y acoso sexual a niños y la manipulación política que se extienden por redes y otros canales.

Digo que varias de las sentencias papales, de sus sugestivas apreciaciones y cuestionamientos al pútrido sistema mundial de injusticias, son un estímulo para el renacer de utopías. Para que los “poetas sociales”, con sus versos de fuego, comiencen a quemar las raíces de las inequidades.

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