29 Jan 2019 - 8:00 a. m.

Venezuela y el intervencionismo de EE. UU.

Sombrero de mago

Se entrechocan las voces: Estados Unidos no tiene por qué inmiscuirse en los asuntos internos de otras naciones. Todavía existe el ilustrado concepto de soberanía. Los pueblos deben resolver sus contradicciones internas sin la injerencia de otros países. ¿Por qué promover un golpe de estado? Con todo, no es que Washington, y mucho menos la pandilla (para tomar un término usado hace años por Philip Roth en una caricatura literaria sobre Nixon) que dirige Trump, esté preocupado porque en Venezuela se resuelva por las vías del derecho y de la democracia el conflicto interno que la estremece.

Son múltiples los intereses, casi todos referidos a los recursos naturales de los países, por los que ellos, los Estados Unidos, los del “Destino manifiesto”, los de la política del Gran Garrote, implementada desde los albores del siglo XX, en particular por Teddy Roosevelt, se han creído los dueños de un territorio que han considerado su coto de caza (ah, Roosevelt, por lo demás, era cazador). Larga es la historia del intervencionismo imperial en América Latina.

Sus primeros “pinitos”, después de promover la separación de Panamá, se reanudan con la invasión a República Dominicana (1916-1924), Cuba (1906-1909), la ocupación militar de Haití (1915-1934), después del asesinato del presidente haitiano y cuando Wilson (el mismo que haría entrar a E.U. en la Gran Guerra) envió tropas de marines. Se estaban aplicando las directrices de Roosevelt: “si una nación demuestra que sabe actuar con una eficacia razonable y con el sentido de las conveniencias en materia social y política, si mantiene el orden y respeta sus obligaciones, no tiene por qué temer una intervención de los Estados Unidos”.

Y así fueron imponiendo su poder en la vasta geografía desde México hasta la Patagonia. Y cada vez que les dio la gana, invadieron. O montaron peleles, a su antojo y conveniencia. Depusieron mandatarios incómodos. Y cultivaron el terreno para la feroz entrada de sus transnacionales. Muchas de ellas, con enclaves en las nuevas colonias, como sucedió, por ejemplo, con la United Fruit Company en Centroamérica y Colombia. Esta compañía, con la CIA, propició en 1954 el golpe de estado contra Jacobo Árbenz, presidente demócrata de Guatemala.

La creación, tras la Segunda Guerra Mundial, de la Escuela de las Américas no era propiamente un acto de filantropía estadounidense. Allí prepararon criminales del “criollaje” como, por ejemplo, Leopoldo Galtieri y Manuel Noriega. Tras la revolución cubana, en 1959, el gobierno de John Kennedy, mediante los anticastristas apoyados por E.U., invadió Bahía Cochinos y decretó el embargo comercial, económico y financiero a la isla.

Han sido devastadoras las intervenciones yanquis, y muchos los países que, directa e indirectamente, han padecido los atropellos y las violaciones en flagrancia del derecho internacional, la soberanía nacional y la autodeterminación de las naciones. Durante la Guerra Fría, en su disputa con la Unión Soviética, Washington creó una extensa área de influencia en América Latina, y así, entonces, propició golpes de estado, asesinatos de líderes populares, la tortura, torvos planes para el exterminio de la oposición y otros mecanismos antidemocráticos.

Es de vieja data su intervencionismo, como el que hoy, con el caso de Venezuela, tiene en vilo a la región y otras partes del orbe. Los hechos recientes, en los que Trump y su bandola han interferido en un conflicto que lo debe resolver el pueblo venezolano, sin la injerencia de extraños, es otro botón de la historia de agresiones, a las que hay que adicionar el saqueo y otras maneras más sutiles de la explotación y el dominio de los mercados, como los leoninos tratados de libre comercio y otras extorsiones.

Crece el clamor de los pueblos para que, en Venezuela, haya una salida pacífica, un acuerdo negociado, sin transgresiones a la soberanía, al derecho internacional y a la convivencia regional. Un grupo de intelectuales, líderes de la sociedad civil y académicos estadounidenses, entre los que está Noam Chomsky, declaró que “Estados Unidos y sus aliados, incluido el secretario general de la OEA, Luis Almagro, y el presidente de extrema derecha de Brasil, Jair Bolsonaro, han empujado a Venezuela al precipicio”.

Los firmantes de una carta abierta dirigida a Donald Trump señalaron que “si la administración de Trump y sus aliados continúa su curso imprudente en Venezuela, el resultado más probable será el derramamiento de sangre, el caos y la inestabilidad”.  Y, en ese sentido, le exigieron al gobierno de Estados Unidos no interferir en la política interna venezolana y, más bien, apoyar un diálogo entre Nicolás Maduro y la oposición.

La situación venezolana, de no resolverse por las vías civilizadas del diálogo (mecanismo que hoy parece estar lejos de la realidad), puede degenerar en un incendio regional de impredecibles consecuencias.

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