3 Apr 2020 - 9:48 p. m.

Un pensamiento bello

El coleccionista Jan Krugier escapó de los nazis haciéndose el muerto. Había llorado la desaparición de su hermano en el campo de exterminio de Treblinka, la muerte de su madre cuando era un niño de cinco años y la de su padre, que tuvo la osadía de enfrentarse al ejército del Reich. Después de conocer la cara más oscura de la humanidad, Krugier llegó a la conclusión de que solo en la belleza podía encontrar consuelo. En medio de una pesadilla de la que no salió indemne, cerró los ojos y recordó el consejo de su padre: “Cuando estés desesperado y ya no encuentres salida, piensa en algo bello, en algo noble, y el mundo se volverá a iluminar”. Huyó del holocausto reptando entre cadáveres, acompañado del sonido lejano de la voz de su padre y el recuerdo de una bailarina de Degas. Si Krugier encontró la belleza en un campo de concentración, cuando solo le quedaba una vida atravesada por la grieta de sus grandes pérdidas, uno puede pensar que podría hallarla en cualquier parte. A veces es una fuga de la memoria, el velo que se interpone entre la realidad y los ojos de quien tiene un pie en el umbral del abismo.

En casa de Krugier no se subían las persianas. Su refugio era una villa campestre del siglo XVIII situada en las afueras de Ginebra, con un hermoso jardín y las paredes cubiertas de pinturas y dibujos que él protegía con celo de los rayos del sol. Janick Jacob Krugier nació en 1928 en la pequeña ciudad polaca de Radom. Su padre, un representante de compañías mineras y coleccionista de arte por vocación, le enseñó a apreciar la belleza. Con las modestas reproducciones que la firma Braun publicaba en blanco y negro, le mostraba a su hijo las proporciones, los claroscuros y las líneas de fuga. Quizá porque había sido entrenado desde niño en el oficio de mirar, Krugier detestaba a los poderosos que incursionaban en el coleccionismo solo para medir el tamaño de sus billeteras.

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