Por: Alfredo Molano Bravo

La cruz

ME LO CONTARON EN EL JARDÍN BOtánico de Medellín, bajo la más vistosa colección de orquídeas del país:

las que siempre pintan, las catleyas; las que cuelgan de los troncos, las epífitas; las que se acomodan en las rocas, las que viven de la tierra, las que parecen quiches y las que lo son. Todas bajo la amable y tibia luz que deja filtrar un juego de gigantescos panales aéreos hechos con cañas de bambú, o de caña brava, o de chusque, llamado el Orquideorama José Jerónimo Triana.

“El metro estaba lleno como un marrano de Navidad. En la estación Castilla sentí que un animal me había vomitado. Caminé sin gana. Eran las diez de la noche. Lo recuerdo porque a esa hora en punto le tiré una perdida de celular a Janson. Me la devolvió en el momento en que sentí que un malandro me cucurruteaba al paso. Lo pillé con el rabo del ojo. Era apenas una sombra, pero le olí el resuello. Me le abrí aleteando como un murciélago. ¿Qué le pasa gonorrea? ¡Perra! Alcance a mirar la pala que revoloteaba y entró como a su casa sin golpear, sin topar hueso. Janson lo oyó: caí al suelo como un bulto de arroz. Llamó a la ley. Un par de ángeles o arcángeles —no distingo— me subió en una moto. No era capaz de sostenerme. Un policía gritó: ¡Se cae! Yo ya no sabía de dónde. Pararon un taxi. El polochito tuvo que obligar al chofer a meterme doblado entre el baúl, porque era más fácil de lavar eso que la cojinería. Me ahogaba en mi sangre”.

“Está muerto —dijo la enfermera—, carece de signos vitales. No tiene pulso, la pupila está grande y quieta. El corazón se le paró”. “Vamos a meterle la mano”, dijo el médico, un practicante al que le dejaban el turno nocturno para quemar fiebre. Abrió el cadáver como abría cadáveres en el anfiteatro de la universidad: la cuchillada asesina le había hecho una herida de ocho centímetros en el ventrílocuo derecho. Pidió agua, hilo y aguja y cosió el corazón como se cose una media en un calabacito. Después, lo agarró en la mano, lo apretó una, dos veces. Y tres. La tercera es la vencida. Sintió un pestañeo, unas ganas de vivir escondidas, un pataleo de mosca muerta venido de adentro, de lejos. Volvió a bombear con la mano, una y otra y otra vez. De golpe, el golpe: el corazón, tímido, torpe, tambaleante, volvió a la vida. Latió y latió. El médico miró a su compañera habitual de turno. “Echó a andar como un carro empujado”, dijo. El cirujano acomodó la víscera en su nicho. Golpearon en la puerta: era la funeraria Los Cartuchos Blancos. “Se equivocaron esta vez —gritó el médico—, tendrán que esperar, pero no aquí: en el Hospital Cardiovascular. Ya lo remití”. También Janson llegó a preguntar por su parcero: “¿Se morraquió?”. “No, lo sacamos del hueco”, le contestó la enfermera. La ambulancia acarreó al sobreviviente. En el hospital, el médico jefe le advirtió a Janson: “Si pasa las 12 horas, las probabilidades de aguantar suben al 20%; si pasa vivo 24 horas más, la cifra aumenta a 30%, y si lo mantenemos tres días, obtenemos un 80%. Bueno —remató, disculpándose—: anoche tenía el 100% de posibilidades de no estar vivo”.

“Volví a hallarme con la luz de la sala de recuperación. Una luz fría. Me dolía el pecho. No podía respirar. Gemí. ‘No se mueva mucho’, dijo alguien cerca a mi oreja. Entre idas, caídas y regresos, aterricé de nuevo en mi cuerpo. Ya estaba en mi cama, en mi cama, con mi gente. Pero el dolor arrancó de nuevo a hacer su daño, lo sentía en todo el cuerpo, ganaba terreno. Parecía escarbarme con uñas afiladas. Me costaba respirar”. A la madrugada, la sangre salió por la herida de 20 centímetros. La ambulancia regresó. En la mesa de operaciones, el médico dijo entre el tapabocas: “Hay que volver a abrir”. “El corazón se me había descosido”. Volvieron a entrar a coserlo: otros 20 centímetros, pero ya no de arriba abajo, sino de derecha a izquierda. “Una cruz, dos cremalleras. La marca que ahora llevo.

Al salir de nuevo del Cardiovascular, Janson me contó el resto de mi historia: ‘Apañaron a la gonorrea que lo chuzó a usted: le caló cinco tiros a su propia cucha, pero no la mató. Es una pinta hasta de buenas. Y para coronar, lo van a largar porque no ajusta los 14 años’.”.
 

Con la expulsión de Claudia López de El Tiempo, Juan Manuel Santos anunció lo que sería su política de medios si llega, para mal del país —y de sus vecinos— a la Presidencia. Y de paso puso entre la espada y la pared a su hermano Enrique, presidente de la SIP y crítico habitual de la mordaza.

 

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