Por: Andrés Hoyos

Quizá

HACE VARIOS MESES ESCRIBÍA YO aquí que un problema central de nuestro tiempo, la fallida Guerra contra las Drogas, había sido dramáticamente obviado en la campaña americana y que de allí no iba a salir ninguna buena noticia al respecto. Ahora atisbo una ventana... quizá.

Mucho más importante que saber que la Guerra contra las Drogas es absurda es entender por qué se insiste en librar una guerra absurda. He dicho antes —y no soy el único— que las razones para mantenerla no son las aparentes. Sintetizaría mi explicación del siguiente modo: la prohibición es un lujo que se dan los fanáticos. En efecto, el núcleo duro que sostiene el prohibicionismo son los así llamados wasp americanos (blancos, anglosajones y protestantes), a lo que quizá se podría agregar que pertenecen sobre todo al Partido Republicano. El mensaje tácito que envían es: con esta guerra podemos sustentar nuestra superioridad moral sobre los traficantes, en su gran mayoría negros y latinos, o si no, extranjeros: colombianos, mexicanos y demás. Es necesario que el poder siga en nuestras manos porque, de lo contrario, los sectores degenerados de la sociedad nos impondrán valores y costumbres ajenos a la tradición americana, como el consumo libre de drogas.

La manera de contrarrestar este discurso tácito no consiste en “ganar” el debate moral, pues el fanático es sordo a los argumentos que no le gustan; hay que centrarse en la palabra “lujo”. Sucede que el costo global de esta guerra es muchísimo más alto de lo que se ha dicho. Bastaría con pensar en la cuasi destrucción actual de México a manos de los narcos. Semejante debacle les cuesta a los capitalistas americanos inmensas sumas de dinero, dado que disminuye el valor de sus inversiones allí, limita en forma drástica la demanda por sus productos de exportación y ejerce una presión de inmigración adicional que tiene costos altos. Lo anterior debe sumarse a los miles de millones que cuesta mantener directamente un aparato represivo en la frontera y otro a lo largo y ancho del país. México, por lo demás, es apenas un factor entre muchos.

Según el wasp fanático el costo de la guerra es algo que una sociedad “sana” debería poderse pagar; de ahí que lo considere secundario. Entra en escena el derrumbe de Wall Street, y queda claro que fanáticos y moderados están viendo cómo la riqueza de su país sufre pérdidas colosales. La capitalización de mercado ha estado por estos días bien por debajo del 50% de su máximo histórico, lo que constituye una catástrofe económica. Y es aquí donde entra el quizá. ¿Tiene acaso sentido seguir quemando toneladas de billetes en una guerra sin futuro, billetes que ya no van a salir nada más de los impuestos de la clase media, sino que a manera de un anticoagulante que se agrega a la hemorragia financiera generalizada van a salir de los bolsillos de todos y, en particular, del de los wasps ricos?

Propongo que incluso los fanáticos podrían empezar a pensar distinto en los meses y años que siguen. A lo mejor sea apenas cuestión de dorarles la píldora un poco para que los locos furiosos que los aterran, digamos Rush Limbaugh, pierdan fuerza a la hora de manotear. Tampoco me parece deleznable la confesión que hizo Barack Obama sobre sus excesos de juventud. Porque: ¿acaso la solución es meter a la cárcel a todos los potenciales Obamas que incurren en excesos de juventud?

En fin, ya veremos si algo de esto pelecha.

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