Por: Armando Montenegro

La recompensa

Sus graves faltas habían causado la pobreza y la miseria del pueblo. Se perdieron los empleos; se cerraron los negocios; se extinguieron las inversiones. Migraron los jóvenes.

De pronto, regresó, poderosa y acaudalada, la ofendida. Prometió redimir al pueblo con su fortuna; dijo que le regalaría una millonaria suma de dinero a cada uno de sus habitantes. Exigió a cambio una sola cosa: que alguien matara al culpable (el mismo que la había agredido hacía muchísimos años y quien, de paso, iba a ser el próximo gobernante de la población).

La primera reacción —del alcalde, el cura, la policía y todos los vecinos— fue de indignación. Expresaron en coro que preferían seguir siendo pobres y miserables antes que cometer un asesinato a cambio de dinero. Insistieron en que sus principios éticos y morales estaban por encima de las tentaciones de cualquier transacción monetaria.

Su indignación no duró mucho. Con el paso de los días, poco a poco, todos los habitantes del pueblo comenzaron a imaginarse cómo mejoraría su vida si recibían el dinero prometido. Podrían comer y vestir mejor; comprarían carros y joyas; viajarían, se divertirían. Volverían las inversiones, los empleos, la prosperidad.

Como cada uno pensó que otro iba a matar al culpable, todos comenzaron a endeudarse; así se anticiparon a gastar más, antes de recibir los ingresos prometidos. El pueblo ya prosperaba mientras el culpable, aterrado, vivía sus últimos días. Se desencadenó un frenesí de consumo. Se abrieron fábricas, negocios y restaurantes. Se construyeron carreteras y se repararon las calles.

Sólo faltaba que muriera quien tenía que morir. Los mismos que antes lo habían defendido —el alcalde, el cura, la policía y los vecinos todos— lo condenaron a muerte. Así se consolidó la bonanza. La muerte comprada solucionó los problemas de atraso e inseguridad del pueblo.

Esta historia, La visita de la vieja dama, escrita por el dramaturgo suizo Friedrich Dürrenmatt hace más de cincuenta años (puesta en escena por el Grupo de Teatro de la Universidad de los Andes en las semanas pasadas), tiene una gran vigencia. Muestra, ante todo, cómo una sociedad empobrecida y desesperada, frente a la promesa de su seguridad económica, es capaz de relativizar y tirar por la borda sus principios éticos y morales.

Los mismos temas de la obra de Dürrenmatt están presentes en la discusión sobre el proceso por asesinato y el pago de una recompensa a Rojas, el verdugo del guerrillero Iván Ríos. Los argumentos a favor y en contra son semejantes. Numerosos comentaristas sostienen que, por el bien de la sociedad, por su bienestar, es conveniente y necesario pagar por los “malos” (vivos o muertos, como en los carteles del oeste norteamericano).

Uno de los hechos más sorprendentes, que parece extraído de una obra del festival de teatro, es que las mismas autoridades judiciales se muestren reacias a investigar, acusar y juzgar a quien se ha declarado culpable de haber realizado un asesinato a sangre fría, entre otras cosas, para cobrar una recompensa ofrecida por el Estado.

Lo mínimo que se les debería exigir a los jueces es, precisamente, que investiguen, juzguen y condenen, después de vencer en juicio, al culpable del asesinato de Ríos (y de sus demás crímenes), de acuerdo con las leyes vigentes. Y que, tal vez, en concesión al pragmatismo que denuncia Dürrenmatt, se pague la recompensa que se ofreció por la entrega de la información necesaria para llegar hasta uno de los jefes de las Farc (no se ofreció dinero por matar ni cortar las manos o los pies de ninguna persona), suma que Rojas, el asesino, podría disfrutar sólo después de cumplir su merecida condena.

La política oficial, se ha informado, trata de estimular a los delatores, no a los gatilleros, ni a los cazadores de cabezas.

 

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