Por: Christopher Hitchens

La revolución verbal

ESTA SEMANA SE CUMPLIERON 40 años del día cuando el más grande poeta del idioma inglés en el siglo veinte escribió este verso de ocho líneas:

El ogro hace lo que los ogros pueden hacer, /  Acciones bastante imposibles para el hombre, / Pero un premio está más allá de su alcance, / El ogro no puede dominar el discurso. / En una llanura subyugada, / Entre los desesperados y los asesinados, /    El ogro acecha con sus manos en las caderas, / Mientras la estupidez brota de sus labios.

W.H. Auden no dio a esa brillante pieza un nombre grandioso. (Después de todo, tituló su poema más bello 1 de septiembre de 1939, simplemente por el día en que lo creó). Pero como cualquiera que tenga algún sentido de la historia sabrá cuál era su intención al usar esa fecha (la invasión nazi a Polonia), esas ocho líneas de verso, tituladas, Agosto de 1968, evocan todo el drama y la tragedia de la invasión a Checoslovaquia por parte de las naciones integrantes del pacto de Varsovia.

El Pacto de Varsovia no existe más. Checoslovaquia no existe más. La Unión Soviética, que trató de mantener por la fuerza la segunda entidad como una parte de la primera, tampoco existe más. Aún así, pocos acontecimientos de la historia reciente pueden ser tan reales y tan “concretos” —para pedir prestado un término favorito de la propaganda marxista— como la batalla que una vez tuvo lugar en esas regiones escasamente etéreas de Europa Central y Oriental.

En agosto de 1968 yo estaba en Cuba en un campo de verano para estudiantes izquierdistas. La noticia, que no fue una completa sorpresa, llegó a la isla muy temprano en la mañana. El Partido Comunista Cubano se había mostrado oficialmente neutral en relación a los partidos ruso y checoslovaco, así que no había una “línea”. Se anunció que Fidel Castro ofrecería la línea en un discurso que pronunciaría esa noche.

Así que uno podía pasar todo el día en un Estado comunista que carecía de posición oficial sobre esa noticia tan importante.

La mayoría de los cubanos se mostraron, de manera instintiva, según descubrí, partidarios de los checos y enemigos de la superpotencia. A mediodía llegó la información, que cambió la posición de algunas personas, informando que Ho Chi Minh había apoyado la acción rusa. Los comunistas chinos, por su parte, la denunciaron como análoga a la intervención de Hitler en Praga en 1939.

Durante los días siguientes, el liderazgo del mundo comunista dio su veredicto. Los comunistas italianos repudiaron la invasión a Checoslovaquia. Los griegos (languideciendo bajo una dictadura fascista) estaban divididos. Los portugueses (que languidecían del mismo modo) estaban a favor. Los sudafricanos: vigorosamente a favor. Los españoles: vigorosamente en contra. Los comunistas norteamericanos: ¿para qué preguntar siquiera? A favor, como es usual. Y la cosa siguió.

Lo que resultó claro, sin embargo, fue que había desaparecido algo considerado el movimiento comunista mundial. Estaba absolutamente dividido. La fuente principal se había roto. La Primavera de Praga lo había roto.

El genio de Auden fue comprender eso de inmediato. Así como el monstruo Grendel en Beowulf está incapacitado para comunicarse por medio del lenguaje —o eso presumo por la conocida afición de Auden a esa tradición poética— del mismo modo el sistema soviético estaba condenado por su pútrida, paralizante e ininteligible jerga.

La invasión a Checoslovaquia era una acción “fraternal y amante de la paz”, dirigida a la “normalización” y a la “restauración del orden”. La resistencia pacífica por parte de los ciudadanos de Praga era una “provocación”. Las protestas de otros países democráticos no eran más que un “calentamiento de la Guerra Fría”.

Y detrás de esta andrajosa, muerta, inexpresiva retórica había un arsenal de mentiras. A los soldados polacos y húngaros, llevados a través de la frontera bajo las órdenes del Ejército Rojo, les dijeron que Checoslovaquia había sido invadida por agresores de Alemania Occidental. El único soldado alemán que encontraron era de Alemania Oriental, un Estado fundado con la premisa de que nunca más se lanzarían invasiones desde el suelo alemán.

En un muy breve e intenso espacio de tiempo, cada eslogan pronunciado por el sistema comunista había quedado expuesto como el tipo de escabrosa mentira que sólo un tonto podía creer.

En una bella producción de estos acontecimientos en la edición del New York Times del 24 de agosto de 2008, Vaclav Havel, el ex asesor de Jiri Pehe, que tenía 13 años durante la Primavera de Praga, comete un interesante anacronismo. Dice que “la decisión del Kremlim de usar una fuerza brutal para destruir el experimento tuvo un efecto devastador en el movimiento eurocomunista”.

Esto es poner el carro ligeramente delante del caballo. La definición de “eurocomunismo” es para aquellos partidos que después de 1968 buscaron preservarse a sí mismos tomando distancia de Moscú. La táctica “funcionó” por un tiempo, pero no demasiado.

En el mismo intervalo, entre 1968 y el fin del comunismo soviético en 1989, los retoños del Glásnost y de la Perestroika estaban también siendo plantados en el lejano este, con frecuencia por veteranos de los acontecimientos de 1968. Uno de los más fascinantes de ellos fue el fallecido Zdenek Mlynar, autor del brillante trabajo sobre la invasión de 1968 Helada nocturna en Praga, y en aquel momento jefe del aparato del partido de Alexander Dubcek. Mlynar vivió suficiente tiempo como para reconocer al joven camarada ruso que le había ofrecido amistad en Moscú, en la escuela de cuadros, en los años finales del régimen de Stalin; un individuo de mentalidad liberal y valiente llamado Mijail Sergeyevich Gorbachev.

Auden vivió solamente cinco años después de 1968, y el régimen de ocupación impuesto por Rusia en Praga duró por otros 21 años, pero cuando ese régimen cayó, lo hizo de tal modo como para reivindicar su poema. No se disparó un tiro, no se quebró ningún espinazo, pero el sistema se evaporó frente a una ola de palabras literarias, humorísticas, irónicas y desafiantes, pronunciadas por novelistas como Milan Kundera, dramaturgos como Vaclav Havel y cantantes como los Plastic People of the Universe.

Ahora el abierto imperialismo ruso ha vuelto, después de una muy breve ausencia de la escena, y no es más amigable o benigno por los tóxicos resentimientos que adquirió durante su período de declinación, impotencia y eclipse. Su propaganda ya no es más burocrática, colectivista y prosaica; ha sido espesada y enriquecida con canciones patrióticas, antiguos poemas y baladas, y con los himnos de los sacerdotes. Somos ahora nosotros, hundidos en las banalidades del discurso democrático, quienes balbuceamos tratando de encontrar las palabras aptas para defendernos y justificarnos a nosotros mismos y a nuestros amigos del este, una vez más amenazados.

* Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. (Traducción de Mario Szichman). c.2008 WPNI Slate.

 

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