La Lizama: la esperanza revive tras el derrame de crudo de 2018

hace 4 horas
Por: Héctor Abad Faciolince

El caballo del ministro

SE SABE QUE URIBE ESCOGE SUS MInistros, no por caballos (como Calígula), pero sí por caballistas. Una de dos condiciones deben llenar sus colaboradores más cercanos para que los nombren: haber padecido en carne propia o en parientes carnales un secuestro a manos de las Farc o ser propietarios de caballos finos.

Andrés Uriel —Andrés Carriel, Andrés Guarniel, Andrés Pavimento, que por todos estos nombres también se le conoce—, que yo sepa, no tenía secuestrado en la familia, pero sí tenía caballo, y por ende cumplía con el prerrequisito para ser ministro: era caballista. Era dueño de un potro tan fino que él aseguraba que ese animal lo iba a sacar de pobre. Mandaba comprar el cuido de la bestia al almacén de un amigo mío y le decía: “Cuando venda el potro le pago”.

El potro creció, lo arrendaron, no resultó tan fino como decían y Andrés Uriel dejó el cuido sin pagar, de modo que a un fiador que tenía le tocó cubrirlo. Así le fue como caballista en Medellín, pero no importa, porque en Bogotá ya lo habían nombrado ministro. El caso es que en el ministerio le ha ido peor, le ha ido más mal que al caballo. Y es por eso que sus carreteras parecen caminos de herradura.

Explico esto con el último episodio de su gran ministerio, cuya consecuencia fueron unas cuarenta víctimas entre muertos y heridos (casi todos indios y negros, por supuesto, y por eso el ministro esta vez también podrá pasar de lado, como un caballito resabiado de paso fino). Ocurrió, como se sabe, en la carretera que une Medellín con Quibdó, la cual está en buen estado más o menos hasta Salgar, el pueblo del señor presidente, faltaba más.

Antes los ministros, e incluso el Presidente, solían asistir a la entrega de los premios más importantes del periodismo colombiano, el Simón Bolívar. En esa ocasión, si no habían tenido tiempo de leer, de oír radio o de ver televisión, podían enterarse al menos de cuáles habían sido los mejores trabajos del año anterior, en los distintos medios de comunicación. Pues bien, el año pasado uno de los trabajos premiados fue de la periodista Mary Luz Avendaño, que en una excelente crónica televisiva denunciaba el calvario que era un viaje de Medellín a Quibdó. Abismos de vértigo, derrumbes incontables, huecos del tamaño de represas, rocas, pantano, cascajo… 24 horas de viaje para 240 kilómetros de carretera. Una trocha y un peligro de muerte para los viajeros, definía la periodista a esta carretera.

Está bien que el ministro no tenga tiempo de leer ni de ver televisión. Trabaja demasiado pavimentando las carreteras secundarias que llevan a las fincas de los terratenientes y por las que transita un narcomóvil cada media hora. Las troncales que unen el país o que comunican con las capitales de departamento, esas pueden esperar. O que sus habitantes vuelvan a la mula y al caballo. Al ministro le sobra un ex potro que hubo que castrar; seguro lo da barato (al menos lo del cuido) y sirve para transitar por la trocha Medellín-Quibdó. Así no se matan.

En cualquier país serio una tragedia de estas dimensiones la paga con el puesto el ministro de la catástrofe anunciada. Aquí no. Las denuncias de los periodistas, así hayan salido un año antes, sirven de nada. Y sin embargo una negligencia de estas dimensiones se parece, creo yo, a un homicidio culposo. En vez de hacer carreteras el ministro Andrés Carriel debería volver a criar bestias de paso. Le iba mejor. Y así se prepara para que lo reelijan en la reelección.

 

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