Por: Juan David Correa Ulloa

Nombres propios

Aquí Rimbaud se llama Rimbaud, Verlaine se llama Verlaine, y casi todos los personajes existieron. Aunque el debate sobre los nombres propios esté algo rebasado en la literatura, es bueno decir, antes de entrar de lleno en El enfermo de Abisinia (Bruguera, 2007), novela de Orlando Mejía Rivera, que discutir la literatura desde el punto de vista del nombre propio no me parece relevante.

Primero, porque el pasado siempre será una invención: como los sueños, tendemos a organizarlo a nuestro antojo para que tenga una cierta narrativa. Y segundo, el Verlaine y el Rimbaud de esta ficción, probablemente fueron una cosa muy distinta a la de esta corta y efectiva novela. ¿Literatura de no ficción? ¿Existe algo parecido?

El enfermo de Abisinia es una novela epistolar. Es una narración a cuatro voces que se dispara con los textos del crítico Edmond Lepelletier publicados en L’écho de Paris en 1871 a propósito de la muerte del poeta francés Arthur Rimbaud, ocurrida en Marsella el 10 de noviembre de ese año. Lepelletier, crítico excesivo que mezclaba chismes con asertos literarios, estaba convencido de que debía desenmascarar al poeta de El barco ebrio como lo que era: un alucinado consumidor de absenta y hachís con una vida lamentable en la que su sexualidad, su relación con Paul Verlaine y su muerte después de haber sido comerciante de armas y café en Abisinia (Etiopía), había sido un fracaso. He ahí el meollo de la novela: presentar cuatro versiones de un mismo asunto —la causa de la muerte de Rimbaud— y explorar en los sentimientos de esos cuatro personajes.

Uno podría pensar que se trata de una glosa de una historia que se ha convertido en un mito literario: aparecen aquí los escarceos entre los dos poetas, el tiro que Verlaine le propinó en Bruselas a Rimbaud en una noche de borrachera, el viaje liberador de Rimbaud hacia Adén y Harar. Pero va más allá: se descubre aquí cómo el lenguaje, o “el infierno de las palabras”, como dice el Rimbaud de esta novela, son capaces de construir un nuevo imaginario, una nueva ruta para personas de carne y hueso.

En ese nuevo itinerario descubrimos una novela austera, bien escrita, que quiere contar una historia conocida para crearla de nuevo. Para ello, Mejía Rivera inventa un personaje, el médico Nikos Sotiros, testigo de excepción de la enfermedad y el deterioro de Rimbaud en África y portador de una verdad incontestable. Sólo me queda una duda después de leer de un tirón una novela distinta y peculiar entre nuestra literatura actual: ¿Era necesario que el escritor incluyera una nota aclaratoria al final para decirnos qué era verdad y qué mentira dentro de su relato? Yo no lo creo, ese epílogo lo único que hace es ensombrecer el acierto de Mejía Rivera al dejarnos conocer, gracias a sus palabras, la culpa de Verlaine, la rabia de Rimbaud, el empecinamiento de Lepelletier y el dolor de Sotiros.

ojoalahoj@yahoo.com

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