Por: Juan Gabriel Vásquez

La luz en agosto

VARGAS LLOSA VOLVIÓ DEL CONGO hace unos días para presentar su último ensayo. El viaje a la ficción: el mundo de Juan Carlos Onetti es otro eslabón en esa cadena extraordinaria de libros como Historia de un deicidio (sobre García Márquez), La orgía perpetua (sobre Flaubert) y La tentación de lo imposible (sobre Víctor Hugo).

Cada uno de ellos es una interpretación aguda y terriblemente informada que nos obliga a volver a ciertos libros y a leerlos de otra manera, o desde otro lugar, lo cual bien puede ser la mayor satisfacción que da el ejercicio del ensayo como género. Pero Vargas Llosa es, además, un gran novelista, y eso lo cambia todo. Sus ensayos huyen del academicismo, confiesan subjetividades, se enorgullecen de sus pasiones y sus manías. La crítica es una forma de la autobiografía, dice Piglia. Y en este caso, por lo menos, tiene razón.

Pero esta columna no quería ser sobre las virtudes ensayísticas de Vargas Llosa, ni siquiera sobre El viaje a la ficción, sino sobre un diálogo que aparece en el libro. Para poner en antecedentes al lector: en el momento de escribir sobre La vida breve, la primera gran novela de Onetti, Vargas Llosa dedica varias páginas a explorar la relación entre Onetti y el gran maestro del boom latinoamericano: William Faulkner. Y al hacerlo cita una entrevista que Eduardo Galeano le hizo a Onetti después de que éste ganara el premio Cervantes. Están hablando de Faulkner, a quien Onetti prefiere por encima de cualquier otro novelista, y Galeano le dice: “¿No ha sido bastante maltratado, Faulkner, en las traducciones? Aquí publicaron, hace poco, Light in August. Le pusieron, como en la edición argentina, Luz de agosto”. “Sí”, responde Onetti, “y es Light en el sentido de dar a luz, de alumbramiento, no de luz”.

 La idea es adecuada, por supuesto: entre los varios personajes inolvidables de esa inolvidable novela de Faulkner está Lena Grove, una jovencita embarazada capaz de atravesar a pie el estado de Mississippi para encontrar al padre de su hijo. Que el título se refiera al parto de Lena, y no a la luz en el mes de agosto, tendría algo de la sobria poesía de otros títulos de Faulkner; el problema es que Galeano y Onetti, en su afán por despotricar contra la traducción argentina, se equivocan de medio a medio. La traducción argentina es correcta; el título correcto es Luz de agosto. Porque Faulkner, cuando lo escogió, estaba pensando exactamente en eso.

El 17 de agosto de 1931, Faulkner sacó una hoja de papel en blanco, escribió un título, Dark House (o “Casa oscura”), y comenzó a trabajar en la historia de un reverendo de nombre Hightower. Pero tenía problemas para seguir. Se levantaba temprano, escribía toda la mañana, y al final de la tarde se tomaba el aperitivo con Estelle, su mujer. Y una de esas tardes, Estelle le hizo este comentario casual: “¿No te has dado cuenta de que la luz en agosto es distinta del resto del año?” Faulkner se levantó de la silla: “Eso es”, dijo, y se fue a trabajar. Tachó Dark House, puso Light in August, y más tarde diría: “Lo usé porque en mi tierra en agosto la luz tiene una cualidad peculiar, y esto es lo que significa el título”.

Ni Onetti ni Galeano, por lo visto, conocían esa anécdota. Lo cual no quiere decir, por supuesto, que su interpretación no tenga gracia.

 

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