Por: Klaus Ziegler

La falacia del determinismo cultural

El determinismo cultural ha sido la ideología dominante en las ciencias sociales durante casi un siglo.

Sus postulados desafían la existencia de una naturaleza humana, niegan la existencia de principios éticos universales y excluyen cualquier pretensión de establecer patrones de conducta comunes a la especie.

Esta filosofía insiste en la vieja idea de la tabula rasa, la creencia de que al momento de nacer nuestras mentes son pizarras vacías, tablillas sobre las cuales cada cultura imprime a su antojo un sistema propio de conductas y códigos morales. A la luz del debate genes-ambiente, el supuesto básico afirmaría que nuestra psiquis está moldeada exclusivamente por el entorno social, de ahí que la multiplicidad cultural pueda llegar a ser tan caprichosa y singular como queramos soñar.

¿Existe alguna evidencia que permita sospechar la validez de esta hipótesis? El trabajo de campo de Margaret Mead en Samoa en la segunda década del siglo XX pareció aportar las primeras confirmaciones. En su libro Coming of Age in Samoa, Mead le contó al mundo cómo los samoanos vivían en un paraíso terrenal sin prejuicios sexuales, eran indulgentes con sus hijos, no competían entre ellos, estaban desprovistos de pasiones y desconocían la violencia. Sin embargo, décadas después, el antropólogo australiano Derek Freeman fue a Samoa y no encontró el edén soñado por Mead. La verdad era que entre los samoanos, como en el resto del mundo, había delincuencia, eran comunes los celos y frecuentes las agresiones sexuales y las violaciones.

Como ha ocurrido tantas veces, Mead vio lo que quería ver, y confirmó lo que quería confirmar: sus propios prejuicios y los de su mentor, Franz Boas, como lo reveló Freeman en su libro Margaret Mead y Samoa: la construcción y destrucción de un mito antropológico. Freeman, a diferencia de Mead, hablaba el dialecto samoano y había vivido allí durante casi medio siglo. Sin embargo, su trabajo fue tildado de rudimentario y superficial, y acogido con una hostilidad pocas veces vista en círculos intelectuales. Con el tiempo, y en un entorno académico menos doctrinario, sus conclusiones fueron aceptadas por la mayoría, y reivindicadas por estudios posteriores en Samoa y otras sociedades de la Polinesia.

La existencia de paraísos idílicos habitados por nobles salvajes que conviven pacíficamente sin jerarquías sociales, pueblos donde los roles masculino y femenino se encuentran invertidos, o donde la norma es la homosexualidad; sociedades de naturaleza bestial como los Yahoos de Borges, que carecen de conceptos lógicos primitivos y de algunas categorías mentales, no pasan de ser ficciones literarias, y su realidad ha sido desmentida una y otra vez. Contrario a la tesis del determinismo cultural, cientos de universales humanos han sido documentados por multitud de estudios etnográficos.

En su libro Human Universals, Donald Brown, profesor emerito de antropología de la Universidad de California, muestra que en todas las sociedades humanas conocidas los individuos luchan por conseguir prestigio y estatus, existen las jerarquías sociales, el matrimonio, los celos, la división del trabajo por género y las prohibiciones sexuales; los hombres son más agresivos que las mujeres, y más proclives a ser violentos y delincuentes. Se observan los sentimientos morales, la envidia, la vergüenza y el orgullo. Existe la creencia en lo sobrenatural, en la suerte y en el destino, y prevalece el miedo a la muerte. Se conocen la metonimia, la metáfora, los proverbios, la música y el arte, así como la abstracción y los conceptos lógicos y matemáticos fundamentales. Se desprecia la avaricia y se condena con severidad el asesinato y la violación.

Estudios llevados a cabo por neurólogos, genetistas, lingüistas y biólogos evolutivos refutan de manera decisiva la falacia del determinismo cultural y corroboran ampliamente las investigaciones de Brown, y de los sociobiólogos, que ya habían sugerido la existencia de una naturaleza humana guiada por nuestros genes en interacción con el ambiente.

La tabula rasa de Locke es una idea tan obsoleta como la pluma de ganso que la escribió, y el determinismo cultural, una doctrina en flagrante contradicción con la evidencia empírica, tan rebatida como la frenología o el neptunismo; una leyenda urbana que ha logrado sobrevivir bajo la protección del manto posmoderno, único santuario para esos intelectuales literarios acostumbrados a emborronar cientos de páginas con un discurso turbio, presuntuoso y vacuo.

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2010-02-03T22:12:00-05:00

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La falacia del determinismo cultural

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