Por: Lisandro Duque Naranjo

Hoy veremos

EL DEBATE DEL PASADO JUEVES, POR RCN, me sacó del equívoco de que ya los candidatos habían exprimido todo su repertorio y de que la adrenalina de los electores había llegado a su tope.

El primero en pasarse la luz roja que obligaba a un minuto de duración por cada respuesta, y seguir de largo con su carreta, fue Germán Vargas. Luego, Rafael Pardo le dio un revolcón al pudor de las preguntas e impuso una temática en caliente, a la que el resto de candidatos comenzó a referirse, ya sin los estorbos de un rígido cuestionario ni la tiranía del reloj. La permisividad de Clara Elvira Ospina, la voz cantante de las entrevistadoras, la aprovecharon hasta Noemí  Sanín y Germán Vargas para estrenar un antiuribismo que se les desconocía. Algo tarde la cosa, pero se les vale.

 Pardo venía ardido desde el debate de Citytv, El Tiempo y La W, en el que, aunque no se les restringía el tiempo, se omitían asuntos cruciales de coyuntura, lo que  favorecía a Juan Manuel Santos. Demasiada asepsia, como si Uribe no existiera.   La sacada de clavo de Pardo consistió, pues, en convertir en centro de la discusión todo lo que de escalofriante sigue intacto en el régimen de ocho años que aún no concluye.  Obvio, entonces, que quedara contra las cuerdas quien se ofrece como continuador de esa cosa. Sobre todo en momentos  en que Uribe, ya con fecha de vencimiento,  sufre una racha de escándalos, que otrora lo afectaban por separado —olvidándose cada uno al sobrevenir el siguiente—, pero que en esta semana de gracia le cayeron encima con simultaneidad: la extraña renuncia del general Padilla, la muy pirata adjudicación del tercer canal, lo del ‘canazo’ a Mario Aranguren, lo del llamado a juicio a sus palmicultores del alma, lo del informe adverso de la ONU y Amnistía Internacional, lo de su hermano, el “apóstol” Santiago, lo de José Obdulio al calificar de “pederasta” el programa de Mockus, etc.  Insostenible para un candidato tener como paradigma un gobierno tan caído en desgracia.

Pardo y Petro ganaron sobrados el debate. Tienen claro que la vehemencia mata la credibilidad, y hablan con el estilo austero propio de las ideas elaboradas.  Además, son alérgicos a los maximalismos y a las posiciones rotundas frente a los temas sensibles, algo en lo que Mockus se descachó cuando dijo “no” al intercambio humanitario, provocando que Vicky Dávila pasara por “progre” al decirle: “¿entonces va a abandonar en la selva al sargento José Libio Martínez?”. Noemí estuvo fatal, diciendo que tendrá de ministros a dos generales e insistiendo en lo del fuero militar. Y dizque va a traer, además de tropas norteamericanas, soldados europeos y asiáticos. Loquísimo eso. A Vargas Lleras se le fue la mano diciendo “yo fui el primero en…”. Empezó con esa misma frase unas ocho intervenciones. Demasiado sabelotodo para mi gusto, aunque ese no es su único problema.

  Creo que la intensidad de la competencia se está dando entre los que saben que no pasarán a la segunda vuelta. Su intención parece ser la de conquistar un porcentaje consistente de votos que les permita negociar alianzas honorables con aquel de los dos punteros que les ofrezca alguna afinidad. En cuanto a éstos, Santos y Mockus, harto necesitarán de ese aporte y el primero se ha adelantado en ofrecer un “gobierno de unión”, que Pardo y Petro declinan.

  Según van las cosas —y si no ocurre algo raro—, Mockus será el presidente. Hasta El Tiempo, que apoya a Juan Manuel, tituló su editorial del jueves “Impuestos a la vista”, lo que quiere decir que da por perdido a su candidato, quien, a diferencia de Mockus, prometió no crear más tributos.

El candidato verde, entonces, tendrá que decidir, en el caso muy probable de que necesite electores de otros partidos para coronarse en la segunda vuelta, si les va a hacer el mismo desplante que les hizo cuando iban muy abajo en las encuestas y él iba tan arriba que llegó a pensar que ganaría, de una vez, hoy 30.

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