Por: Lorenzo Madrigal

Exhibición de cuerpos

NO HUBO PUDOR ALGUNO PARA DEjar ver el cuerpo semidesnudo y acribillado de Pablo Escobar, alcanzado por las fuerzas del orden en el tejado de una casa del barrio Los Olivos de Medellín. En la morgue también lo mostraron, no muy reconocible me pareció, pero al lado de su dolorosa madre, cuyo sentimiento no era fingido y por eso creí.

El cuerpo del Mejicano fue exhibido, horas después de los hechos de su presumible abatimiento, al tiempo con el de su hijo Fredy y de otros ocho acompañantes. La verdad, el cadáver del capo no convenció a los periodistas que cubrían la noticia de su muerte: en una revista pusieron como tal a uno y en un periódico de primera línea nacional a otro. Un periodista, de apellido Rincón, publicó un libro bajo el título El Mejicano vive. Tuve en mis manos esa publicación ilegible y desistí porque carecía de puntuación.

La calavera de Castaño, con todos sus bien encarrilados dientes, fue exhumada y mostrada al público general, como si fuera el hombre de Neanderthal (en este caso: “Near dental”). Sus huesos esparcidos por el laboratorio, desmenuzado el hombre que no hacía mucho se mostraba vigoroso y parlanchín. Para mirar este espectáculo casi necesité estar acompañado de un adulto responsable.

El saco transparente y tumefacto, contentivo del cuerpo del guerrillero Reyes, se trajo a Bogotá, a la vista de la prensa y de todo el público. No se tomó en cuenta el legendario respeto por los difuntos ni la sensibilidad de la gente. Y, por cierto, no basta con que el presentador de noticias advierta: son imágenes sensibles.

Se repite, pues, la historia. Uno más de los muy abultados cadáveres es mostrado ahora por las autoridades y por los medios visuales, no sé si para escarmiento, a la usanza de la Colonia. Es lo que hacen con los vestigios fúnebres del personaje más odiado de todos por su maldad e injusticia y por la crueldad con que mantuvo esclavizados por años a sus prisioneros.

Esto viene a que me parece falta de piedad con estos cuerpos sin vida, en la absoluta indefensión de la muerte, en la ignominia de sus propios antecedentes, si bien derrotados por la ley, aún dueños de un último derecho humano, el del respeto por sus despojos mortales.

Me atrevería a imaginar que alguna camilla debió traer bajo “mortuorias sábanas” (dignas de un Nocturno de Silva ) a la perrita Sasha, objeto de honores militares. Sonó desfasado el locuaz y bien hablado ministro Rivera al mencionar su pérdida. No era precisamente el momento adecuado, cuando todo el país se estremecía, así fuera con regocijo poco encomiable, por las bajas humanas de la operación Sodoma. No veremos el cadáver de Sashita, desfigurada y sanguinolenta, pues seguramente será inhumada dentro del mayor respeto por sus derechos animales. Paz en su tumba.

 

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