Por: María Elvira Bonilla

Adiós a la terna eterna

LA SEMANA PASADA LA SALA PLENA de la Corte Suprema de Justicia volvió, por enésima vez, a intentar elegir fiscal de una terna que conformó a los trancazos el presidente Uribe. Una terna que nació coja y cuestionada, que después de más de 21 intentos ninguno de los tres candidatos ha alcanzado los 16 votos que se requieren para hacer efectivo el nombramiento de Fiscal General.

La terna de Uribe se volvió eterna. Más no inmutable. Ésta se conformó con una única finalidad: elegir fiscal. Un propósito que parece haberse evanescido de facto. Ninguno de los ternados ha logrado convencer ni convencerá a la Corte, y ésta, como se ha visto, no actuará bajo presión del poder ejecutivo o de la opinión pública. Como dirían los juristas, con la precisión verbal que los caracteriza, se impone el concepto del decaimiento del acto administrativo de integración de la misma, entre otras razones por la imposibilidad de conseguir la votación requerida. Ni uno solo de ellos ha superado los 11 votos.

Los tres candidatos debían leer el escenario con realismo y por simple vergüenza o decencia, proceder a dar un paso al costado y despejar el camino para que el presidente Santos proceda a conformar una nueva terna, de la que provenga el fiscal que lo va a acompañar durante su cuatrienio. Una terna compuesta por unos juristas idóneos, con formación penal, contundentes. Sin cuestionamiento posible. Los actuales finalmente están amarrados a los intereses de un gobierno que se fue: Margarita Cabello entró gracias al respaldo del Procurador Alejandro Ordóñez, un cálculo político por lo demás bastante burdo a la luz de los procesos disciplinarios que pendían sobre unos cuantos funcionarios del círculo inmediato presidencial, y la permanencia de Jorge Aníbal Gómez se logró gracias a la terquedad autoritaria del ex presidente Uribe, quien lo sostuvo a sabiendas de la polémica legal por sus 65 años de edad, cuando además existía en la propia Fiscalía el antecedentes de Gustavo de Greiff, quien debió retirarse sin concluir su período de fiscal por esa misma razón.

La situación de unos ternados atornillados a una expectativa es comparable a la de los ministros en un cambio de gobierno. El nuevo presidente escoge su equipo de trabajo y conforma un gabinete acorde a la nueva realidad política y a sus  prioridades como gobernante electo. Por simple orden constitucional está en su derecho y tiene la posibilidad de postular los nombres de las personas entre quienes la Corte debe elegir la cabeza de la política criminal durante sus cuatro años de gobierno. Una política que no sólo no es intemporal sino que por el contario es modificable y susceptible de transformar para subsanar falencias y vacíos existentes, como la decisión de enfrentar con brío las Águilas Negras, la creciente inseguridad urbana o de hundirles el acelerador a los miles de procesos pendientes asociados a la violencia paramilitar.

No habría razones para que el nuevo Gobierno se casara con el pasado. Entre la disquisición jurídica y la decisión pragmática, la terna más que eterna es de imposible consideración. Llegó la hora de volver a barajar.

 

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