Por: María Elvira Bonilla

Los malos que siguen vivos

LA MUERTE DE JORGE BRICEÑO, COnocido como el Mono Jojoy, quien era la representación del mal a los ojos de la mayoría de los colombianos, y no sin razón, ha despertado una sensación de júbilo como si se tratara una catarsis liberadora de miedos y temores ocultos que asedian a los colombianos de todas las edades. Relatos de atropellos, crueldades y humillaciones; su siniestro invento de los cilindros bomba con los que las Farc arrasaron cientos de pueblos, colegios, iglesias y asesinaron a miles de civiles; sus abusos frente a la indefensión, sus excesos de matón armado hasta con su propia tropa, confirman su condición desalmada. Tan desalmada e inclemente, y hay que decirlo, como la de jefes paramilitares como Fidel y Carlos Castaño, Cadena, Jorge 40, Mancuso, Don Berna, Ramón Isaza, determinadores de crímenes horrendos, masacres y torturas, actos de violencia con los que se propusieron llevar al límite el sufrimientos humano, como lo atestiguan las miles y miles de víctimas que sobrevivieron al terror.

Todos ellos encarnan el mal. Ese rasgo oscuro de la condición humana que narró bellamente Primo Levi, con una desesperanza que lo condujo a su suicidio, en su Trilogía de Auschwitz. Y que descubrió Anna Arendt durante el juicio a Eichman por el genocidio contra el pueblo judío, cuyo asombro quedó plasmada en su ensayo La banalidad del mal. El mismo que el filósofo norteamericano John Kekes intenta descifrar en su libro Las raíces del mal a partir de seis casos de maldad: la cruzada del Papa Inocencio III contra los “herejes” albigenses en el siglo XIII; el Terror de Robespierre de la Revolución francesa; el comportamiento de Franz Stagl en un campo de concentración en la Alemania nazi; los asesinatos cometidos por Charles Manson y su clan en California; el demencial plan represivo de la dictadura militar argentina en la llamada guerra sucia de la década del 70 y por último, las acciones de un asesino norteamericano conocido como John Allen. El esfuerzo de Kekes por encontrar alguna explicación resulta fallido y la lectura deja más desazón y angustia, colocando el mal como “el más serio de los problemas morales de nuestro tiempo y la amenaza permanente para el bienestar humano”.

Una amenaza que en Colombia se ha repetido de generación en generación. Décadas conviviendo con malos con distintos ropajes que han asechado cualquier intento de equilibrio social desde mediados del siglo pasado. Salta en mi memoria un psicópata identificado como el Monstruo de los Mangones, que en Cali asesinaba niños y los dejaba en las lotes abandonados, que ensombreció nuestra ingenuidad infantil. Pero como éste, son miles las figuras siniestras que están presentes en la vida social de ciudades y veredas de todo el país y cuya existencia no se explica en las condiciones sociales adversas, sino más bien al revés. De ahí que sea imposible dejar de pensar en el mal. En los malos. No sólo en el Mono Jojoy, sino en los miles que permanecen agazapados, destruyendo, matando o mandando a asesinar, robando, decididos a que este país no encuentre caminos de armonía.

 

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