Por: Reinaldo Spitaletta

El regreso de los 33

El espectacular rescate de los 33 mineros chilenos hizo recordar las condiciones de espanto en la que trabaja la mayoría de los mineros colombianos, cuya historia está llena de desastres a granel. También, de paso, algunos memoristas tornaron a evocar la masacre de mineros del salitre, en 1907, en la Escuela Santa María de Iquique, en Chile.

Y ante la mediática subida de más de seiscientos metros de los 33 mineros en una cápsula, no faltaron en Colombia los chistosos que se preguntaron qué pasaría si lo de Chile hubiera sucedido en estos andurriales. Unos dijeron que se estaría vendiendo en todas las esquinas, cafés, playas y almacenes la “gafa minero”; y alguna transnacional de teléfonos celulares hubiera bajado a la mina a un actor criollo para que mostrara las bondades de su señal.

También comentaron en los corrillos que algún canal privado de televisión hubiera montado a boca de mina un tablado con Marbel cantando “que sube y que baja y que vuelve a subir” y los imaginativos editores de los diarios sensacionalistas hubieran titulado: “salieron como por entre un tubo”.

Sin embargo, también se recordaron las situaciones de inseguridad de numerosas minas en Colombia, algunas muy artesanales y de más alto riesgo que la de San José, en el desierto de Atacama. Este año, precisamente, hubo una nueva tragedia en Amagá, donde perecieron más de cincuenta mineros, en una historia trágica que de tanto repetirse parece importar cada vez menos.

En 1977, en la misma zona de Amagá, en las minas Villa Diana y El Silencio, murieron sepultados setenta y siete mineros. En lo que va corrido de este año se han presentado en Colombia varios accidentes mortales en socavones, como los acaecidos en Santander y Boyacá. Y eso sin contar otros asuntos conectados con la entrega de minas a empresas transnacionales, devastadoras del medio ambiente y explotadoras de la mano de obra nacional.

Volviendo al episodio chileno, en el que además de salvar 33 vidas, el gobierno demostró eficiencia en el rescate, y de lo cual pudo sacar enormes ganancias políticas, los otros vencedores fueron los medios de comunicación. La maratónica transmisión mantuvo en vilo a la audiencia mundial. Y más adelante la plusvalía se multiplicará con algunos mineros que de sobrevivientes pasarán a ser estrellas muy lucrativas para canales, revistas y periódicos que aspirarán a enriquecerse a expensas de la singular aventura.

Como contraste histórico a la feliz culminación del rescate minero en Chile, está el triste episodio de los obreros del salitre que el 21 de diciembre de 1907 fueron masacrados en una escuela. Mataron a cerca de 3.600 que después fueron sepultados en fosas comunes por los militares chilenos.

El acontecimiento, que se intentó mantener oculto durante un tiempo, sirvió muchos años después para que el músico Luis Advis compusiera la célebre Cantata Santa María de Iquique, interpretada por el grupo chileno Quilapayún, y cuyo pregón dice:  “Señoras y señores venimos a contar/ aquello que la historia no quiere recordar. / Pasó en el Norte Grande, fue Iquique la ciudad. / Mil novecientos siete marcó fatalidad. / Allí al pampino pobre mataron por matar”.

Los mineros del salitre estaban entonces en huelga, debido a las infrahumanas condiciones de trabajo. Entre los obreros había, además, bolivianos y peruanos. Se dice que ante el llamado de sus gobiernos para que se retiraran del movimiento, éstos coreaban: “con los chilenos vinimos, con los chilenos morimos”. La masacre se cometió bajo el gobierno de Pedro Montt y fue dirigida por el general Roberto Silva Renard.

Muchos años después, cuando se conoció el emocionante manuscrito de “estamos bien en el refugio los 33”, el gobierno de Sebastián Piñera comenzó una maratón (la operación San Lorenzo –también con nombre de santo-) por la salvación de los mineros de San José, con un desenlace feliz.
Volvemos al principio. Ojalá que el asunto de los mineros chilenos sirva al gobierno y a los empresarios colombianos para que reflexionen sobre las condiciones de miseria de los trabajadores de las minas de este país. La tragedia del minero también debe dar luces sobre su redención.

 

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