Por: Reinaldo Spitaletta

Llueve en Macondo

Cada vez son peores los inviernos y más las víctimas. Cada día, en este país sinónimo de desgracia, aumentan los damnificados por las lluvias, los sepultados en avalanchas, los perjudicados por las carreteras mal construidas.

Cada día, en medio de diluvios e inundaciones, son más los muertos, los sin tierra, los despojados, los que se quedaron sin techo. Y sin nada.

“El agua apretaba y dolía como una mortaja en el corazón”, dice un personaje de García Márquez. Nos hemos acostumbrado a esa palabrería oficial que dice que las tragedias invernales en Colombia son cíclicas, incontenibles, no es posible prevenir sus golpes ni atenuar sus efectos. Se habla de tragedias anunciadas, ¿y entonces? ¿dónde estaban los funcionarios respectivos para hacer algo? “Esto es un pequeño Katrina”, dice uno. “No hay manera de prevenir”, afirma otro.

Y las víctimas, entre tanto lodo y derrumbe, son los mismos de siempre. Los de abajo que viven en lomas, en laderas, a orillas de quebradas y ríos. Los despojados que con el invierno quedarán más desamparados. Son los mismos que, empujados por miserias sin cuento, por desplazamientos forzosos, por el afán de sobrevivir en medio de tantas carencias, se hospedan en lugares de alto riesgo.

Se desmoronan las casas de cartón y zinc, de tabla y plástico, de materiales deleznables, y con ellas se van los niños, los viejos, las señoras. Los de siempre en los inviernos. Se salen de madre quebradas y ríos. ¿Y quiénes son los responsables de los cambios climáticos? En la reciente reunión de Cancún, se dijo, entre otras cosas, que “la crisis climática es el fruto de la civilización de la ganancia y de la depredación de la naturaleza. Sus verdaderas y profundas soluciones están en promover la civilización de la vida y no en el mercado”.

El capitalismo, las transnacionales, los que ven en la destrucción de los ecosistemas una manera de acrecentar mercados y ganancias, son los causantes de numerosas tragedias en el mundo. Y Colombia no está aislada de estos depredadores. Y los reunidos en la ciudad mexicana en el Foro de Justicia Climática, concluyeron, tras aterrizados análisis, que hay que cambiar el sistema y no el clima. Se sabe que muchas “desgracias naturales” tienen que ver con la corrupción, con los malos manejos estatales, con el pasarse por la faja las normas de preservación ambiental. Con el irrespeto por la vida.

Ahora, cuando el alud de La Gabriela, en Bello, se convirtió en el símbolo trágico del invierno en Colombia, sería de interés repasar cómo algunas de estas desventuras habían sido anunciadas. ¿Qué se hizo para la prevención? En el caso del barrio bellanita noticieros locales advirtieron de lo que allí podría suceder. Sin embargo, las autoridades pasaron de agache. Ah, sí, se culpabiliza al pobre, al que, sometido por las inequidades sociales, tiene que construir en zonas de alto riesgo.

Un columnista se preguntaba, en torno a los aislamientos y tragedias en las carreteras, “¿quién mandó a construir esas carreteras de porquería? ¿quién las entregó en concesión para que antes y después de cada derrumbe hubiera un peaje?”. De otro lado, viendo el desastre, por ejemplo en el Atlántico, ¿por qué no se hicieron obras preventivas en el canal del Dique? Tal vez se pudiera pensar que los pobres interesan poco. Quizá para seducirlos en elecciones. Qué importa si muchos de ellos perecen en las inundaciones y derrumbes. De tanto repetirse esa historia, ya va perdiendo atractivos. O de pronto sirve, para que el presidente ponga cara de virgen de la Dolorosa. Y algún banquero pose de filántropo.

Volviendo a lo de Cancún, los allí reunidos (obreros, campesinos, indígenas, organizaciones sociales, etc.), declararon que “nosotros, como parte del pueblo que aspiramos a movilizar, no tenemos negocios que hacer con el clima, buscamos cambiar el sistema como única forma de superar la crisis climática y seguir viviendo bajo el cobijo de nuestra Pacha Mama, durante las próximas generaciones”.

Ahora, cuando los muertos flotan por las calles, es posible pensar en la necesidad de cambiar este sistema inicuo. Entre tanto, el agua nos sigue apretando como una mortaja en el corazón.

 

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