Por: Reinaldo Spitaletta

De la reelección y otras farsas

LA POLÍTICA TIENE MUCHO DE FAR- sa. Y más la colombiana. Farsa, por ejemplo, fue la Catedral como cárcel de cinco estrellas del ‘buscón’ llamado don Pablo.

Farsa los abundantes falsos positivos y el desenlace del Proceso 8.000 y la Ley de Justicia y Paz. Farsa la creación de partidos uribistas y luego, tras el triunfo de su consentido, el llamado a su disolución. Qué país éste en el cual la política —como lo decía Orwell— es una amalgama de engaños, falacias, odios y esquizofrenia.

Farsa el Caguán y las elecciones de 1970. Farsa Ralito, con sus capos enfiestados y las guarichas haciendo fila en el mercado de la lujuria. Farsa la desaparición (¿misteriosa?) de los discos duros de los computadores de los extraditados ex jefes paramilitares. Pero, en medio de las comparsas y las mentiras, hay un prohombre que no nació para “la política ni la diplomacia” —porque tienen mucho de farsa— y es el presidente de la republiqueta, tal como lo afirmó en la cumbre de Río (¿otra farsa?), en Santo Domingo.

Farsa la que se montó para cambiar un “articulito” de la hoy mutilada Constitución del 91 para lograr la reelección presidencial. Sin embargo, la mascarada también ha tenido sus tropiezos; a veces los farsantes no son tan conspicuos actores. Porque en el caso de Yidis y Teodolindo, que no se ha podido camuflar pese a tanta humareda, el asunto tiene pinta de inocultable. La señora ya le dijo a la Corte que vendió su voto para la reelección y el Gobierno se lo compró.

Compra de votos y fraudes en las farsas electorales es lo que ha habido en la historia colombiana, pero en el caso de la reelección presidencial la bomba detonó tras casi cuatro años de silencio. Los testimonios de la encartada ya implicaron al ex ministro del Interior Sabas Pretelt, al actual ministro de Protección (?) Social, Diego Palacio, entre otros muy allegados a Uribe, que todavía tiene la opción de decir que todo fue a sus espaldas.

Así como parece fue el apogeo del paramilitarismo en Antioquia en los tiempos de su gobernación. Él —que no nació para la política ni la diplomacia— es la política y la diplomacia. A los ‘paracos’ que se acogieron a la Ley de Justicia y Paz, y que ayudaron a su reelección porque así se lo pidieron, ‘diplomáticamente’ los envió a los Estados Unidos. Responderán allá por narcotráfico, mas no por parapolítica ni por no haber reparado a sus millares de víctimas.

Los ejercicios de las motosierras, el despojo de tierras, las fosas comunes, los crímenes de lesa humanidad, no son propiamente una farsa, pero se quedan en el aire, porque lo que interesa es que nada vaya a salpicar al hombre que no nació para la política ni la diplomacia, qué tal. Hay que preservarlo, mantenerlo fuera de los procesos de putrefacción, que al parecer sólo tocan a sus amigotes, consejeros, comisionados y uno que otro ministro. O ex ministro.

Los gringos —expertos en farsas y otras mentiras— demostraron de nuevo su dominio. Son los gendarmes del mundo. Para eso tienen tratados de extradición y de libre comercio. Como su ‘virrey’ parecía estar encartado con los capos del paramilitarismo, les abrió celdas en la metrópoli. Y la farsa de la justicia y la paz se desmoronó. “Hijueputas, nos traicionaron”, dijo Jorge Cuarenta. ¿Acaso el plural madrazo iba para el Presidente y el Comisionado?

 

 

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