Por: Reinaldo Spitaletta

Hecatombe reeleccionista

La protestada Emergencia Social, que ha puesto a agonizar a millares de colombianos, condenados a muerte por los decretos que –según da a entender- Uribe firmó a ciegas, puede ser la famosa hecatombe de la que hace un tiempo (y cómo tenemos poca memoria, qué importa cuándo) habló el Presidente.

En este caso, no es para alimentar su muy ancha ambición de quedarse perpetuamente en el poder, sino para despertar a la población de las miserias que la esperan en caso de otra reelección.

Nunca antes en los casi ocho años de gobierno de Uribe se había expresado unanimidad en su contra. En otros días, cuando se imponía el pensamiento único y se vetaba al que se atreviera a cuestionar las tropelías oficiales, la aparente unanimidad era para blindar al mandatario. Incluso en los ya viejos tiempos de un referendo en el que, al perderlo, el mandatario de los diminutivos y los ponchos perdió el habla, la mayoría seguía embrujada por la demagogia presidencial.

El espejismo de la seguridad democrática y el poder ir a las fincas, seducía a desventurados que, por supuesto, carecen de tierras, de casas de recreo y aún de vivienda propia. Ni siquiera era posible convencer (y menos conmover) a los hipnotizados por los medios de comunicación al servicio del príncipe, que había en Colombia una crisis humanitaria, con cerca de cuatro millones de desplazados.

Tampoco las denuncias sobre la relación de paramilitares y políticos, ni la yidispolítica, ni las andanzas de La Gata, ni las pirámides, ni el enflaquecimiento de los bolsillos de los pobres, ni los falsos positivos, ni la compra de votos para reformar un “articulito” de la Constitución, parecían afectar la “popularidad” del Presidente.

Qué importa que el DAS sea una cueva de maleantes, un refugio de paramilitares, un simulador de atentados presidenciales, un centro de espionaje de opositores y periodistas críticos, el reino de las “chuzadas”, la meca tenebrosa desde la cual se preparaban persecuciones a sindicalista. Qué importa. Es que el Presidente está por encima de todo eso. Nada tiene que ver. Se decía.

Daba lo mismo que se hubiera hecho una reforma laboral, cercenado derechos a los trabajadores, dejado sin empleo a los del Seguro Social, que además había que acabarlo, que se privatizaran Telecom y bancos estatales. Era una maravilla. El camino de la modernización neoliberal. Todo era producto de una “inteligencia superior”, de un fenómeno de la política. Abundaban los turiferarios, los paniaguados, los que prendían el incienso.

En qué podía afectar al señor del teflón que a su palacio llegaran visitas siniestras de delincuentes. O que alguna vez le hubiera pagado una suite presidencial hotelera a un maleante. Para defenderlo (y hacer propaganda) estaba la prensa cortesana, los que lo señalaban como un “humanista cristiano”, los que le hacían entrevistas sin incomodarlo. Con razón decía alguien que leer ciertos periódicos (o ver los noticiarios de televisión) era la mejor manera de no enterarse de nada.

Había que dar la idea (falsa por lo demás) de la existencia de un bienestar colectivo. Qué importaba el aumento de pobres e indigentes, y tener el desempleo más alto de América del Sur, y las corruptelas, y el tráfico de embajadas, y los “buenos muchachos” que amenazaban periodistas. Y el cierre de hospitales. Con todo eso, y más, aquí no había motivos para la protesta. Porque, además, ésta se había satanizado. Esto –se decía- era un paraíso y el que armara disensos era o un “comunista disfrazado”, un “guerrillero de civil” o un terrorista.

Ahora –todo parece indicar- llegó la hecatombe, pero para el pueblo colombiano en rubros fundamentales como el de la salud. Y también los síntomas (marchas, carteles, graffitis,) señalan que hay un despertar (claro que el dinosaurio sigue ahí) hacia una tendencia antireeleccionista.

La Emergencia Social –asunto criminal- puede dar al traste con la reelección. Claro que ésta sigue estando en las manos de la Corte Constitucional. Quién sabe si “Dios y el pueblo” estarán todavía interesados en ella.

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