Por: Reinaldo Spitaletta

De huevos y otras protestas

AL FINADO NICOLAE CEAUSESCU, dictador rumano, a quien el pueblo llamaba Drácula, y a su esposa Elena sus compatriotas refugiados en Nueva York los recibieron con una lluvia de huevos, en 1978.

Tal vez la despreciable pareja merecía más que proyectiles ovoides. Al asesor presidencial de Uribe, un estudiante de la Universidad de Caldas le estalló un huevito en la testa, en protesta porque don José Obdulio es un “personaje que está en contra de los pobres, las marchas y los indígenas”.

Entre otros, han recibido huevazos Alan García, que lo hicieron correr los maestros en la región de Puno, y embajadores gringos, y uno que otro príncipe, así que el huevo se ha convertido en elemento clave para expresar repulsas contra representantes del poder, y ya parece estar catalogado dentro de las maneras civilizadas de repudio. Así que el lanzahuevos no debe ser calificado de terrorista, aunque en Colombia nunca se sabe.

El incidente oval se inscribe en un período de resistencias civiles, en una suerte de despertar de sectores sociales, entre los cuales los indígenas han marcado una pauta de alto nivel de participación. Las recientes y multitudinarias marchas de trabajadores lograron remover la satanización oficial, en un país en el cual las manifestaciones de los descamisados son criminalizadas. Al que grita por sus derechos, por la dignidad, por mejores salarios, se le etiqueta como terrorista.

A la marcha indígena, que empezó siendo sometida a la inquisición del Gobierno porque dizque estaba infiltrada por las Farc, la Policía la baleó, pero el hecho se conoció, no por los medios informativos nacionales, sino porque la CNN mostró una evidencia. Claro que se advirtió de parte de la Casa de Nariño que los disparos eran al aire (¿de los pulmones?) y que los muertos se murieron manipulando bombas.

La macartización se ha extendido a los corteros de caña, que luchan por mejorar sus condiciones laborales y ejercen el derecho a la huelga. Sin embargo —dice el poder— están infiltrados, son parte de la subversión, y los atropellan con el repetido discurso descalificador del Gobierno. Con todo, lo que se aprecia en estos días es una vigorosa respuesta de los trabajadores a los desmanes oficiales.

Otro caso escandaloso ha sido el espionaje del DAS a la izquierda democrática, en particular al senador Gustavo Petro. Aunque el Presidente ha dicho, como en otros episodios, que él desconocía tales asuntos, o que, al estilo Samper, se hacían a sus espaldas, lo que se nota es la ratificación de conductas nefastas de ese organismo adscrito a la Presidencia de la República. Porque aunque la amnesia es mucha, nadie olvida las trastadas de su ex director Jorge Noriega, acusado de favorecer a paramilitares y proporcionar listas negras de sindicalistas, luego asesinados.

El DAS también montó falsos atentados, entre ellos uno al presidente Uribe en Barranquilla y alteró antecedentes judiciales de paracos. Así que no es raro lo acontecido con su Coordinador de Inteligencia Política Social, Jaime Fernando Ovalle, que armó el seguimiento a Petro y otros miembros del Polo Democrático. Pero ¿de dónde salió la orden del espionaje? Tal organismo se parece cada vez más a la Gestapo o a la KGB.

Por ahí, en los corrillos, se preguntan si esos mismos seguimientos y acechos los practican con miembros de los partidos uribistas. ¡Ah!, por lo menos, su directora, María del Pilar Hurtado, renunció “por dignidad”, la misma que parece faltarles a ciertos ministros.

Volviendo al principio, se sabe que ni paracos, ni guerrilleros, ni policías, ni soldados, tiran huevos. Con ellos va más la bala, los cilindros, las motosierras… Pero eso sí, al huevito de José Obdulio le quedó faltando un tomate.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Reinaldo Spitaletta

El último Pielroja nacional

Todos somos Whitman

¿Volverán los “falsos positivos”?

La opereta del exfiscal

El besamanos nacional