Por: Sergio Otálora Montenegro

El final de la gallina ciega

En menos de una semana, cinco noticias se convirtieron en la radiografía del gobierno que termina este 7 de Agosto. Denuncias de diversa índole y hechos devastadores, enredan hasta el último momento al régimen de la seguridad democrática.

Veamos. El relator de Naciones Unidas para las ejecuciones arbitrarias afirmó que “miembros de las fuerzas de seguridad de Colombia perpetraron un número significativo de ejecuciones extrajudiciales en un patrón que se fue repitiendo a lo largo del país"; Amnistía Internacional, en su informe anual, denunció que en 2009 “al menos 114 indígenas murieron de forma violenta, así como ocho activistas de derechos humanos y 39 sindicalistas. 286.000 personas pasaron a engrosar la lista de desplazados internos y se registraron 213 secuestros, la mayoría de bandas de delincuentes aunque también de las guerrillas”.

El diario Washington Post publicó un amplio informe en el que un ex oficial de la policía colombiana acusa al hermano menor del presidente Uribe de haber conformado grupos paramilitares y ordenado asesinatos. El pasado lunes, el país amaneció con la dolorosa noticia de que habían muerto nueve infantes de marina en una emboscada de las Farc en el Caquetá. Y para rematar, la Fiscalía pidió la captura de Mario Aranguren, director saliente de la UIAF, acusado de coordinar con el DAS, seguimientos financieros a los magistrados, a ciertas ONG y a líderes políticos de la oposición.

Como una especie de resumen trágico, ese es el país que nos entrega Alvaro Uribe Vélez: sitiado por la violencia y la corrupción. Tendría uno que andar como una gallina ciega (para seguir con el pícaro juego del señor presidente) para no ver lo que medio país no sólo ve sino además padece. Los obnubilados dirán que afirmar todo lo anterior es necio ejercicio del antiuribismo cerril, porque sin duda la seguridad regresó a Colombia, y bajo le férula del líder más macho que ha tenido esta república de blandengues, los terroristas están a punto de ser derrotados. No es sino un esfuercito y ya: vendrá la paz.

Pero se equivocan. La era de Uribe no es más ni menos que un ciclo de la guerra, en el que por primera vez las Farc fueron tocadas de manera sensible. La bien montada manipulación de la Casa de Nariño ha hecho creer que la “hazaña” de su inquilino  es única e inédita. Eso, por supuesto, no resiste un análisis histórico serio.

Muy pocos creían que el uribismo, en su infinita soberbia, tenía pies de barro. Muy pocos se atrevían a pensar que el país no estaba escriturado a la familia Uribe, como La Carolina o el Ubérrimo. Este 30 de mayo es una oportunidad grande para desbrozarles el camino a nuevas fuerzas políticas, para abrir las ventanas, dejar que entre el aíre fresco y respirar profundo, después de tanta ignominia.

Hay dos candidatos que generan esperanza: Petro y Mockus. Los dos, con estilos distintos y grandes diferencias, se unen en la certeza de que es posible un país distinto, en el que quepamos todos. Sé que cualquiera de los dos tendrá propuestas novedosas para enfrentar el tema de la violencia y que haría un gobierno responsable y de veras democrático.

Los ojos del mundo nos miran. Eso ofrece ciertas garantías, pero  las viejas mañas de la trampa electoral están vivas, lo mismo que la intervención descarada del Ejecutivo a favor de Santos. El clientelismo y el voto amarrado se unen a la intimidación y la exacerbación del miedo. Este lunes, nos prepararemos para la segunda vuelta, la de la victoria: la apuesta por instaurar un régimen de guerra perpetua, será derrotada.

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