Por: William Ospina

A socializar las pérdidas

CUANDO A LOS BANCOS LES VA BIEN es indiscreto preguntar cuánto ganan, en qué invierten sus ganancias, cuál es la filosofía que los gobierna. Todo queda oculto a los ojos de los profanos, la sociedad no debe inmiscuirse en asuntos que no le competen.

Pero ahora estamos viendo cómo funciona la cosa cuando les va mal: es el momento en que la sociedad entera no sólo debe preocuparse por su suerte sino intervenir decididamente para evitar el colapso. Y entonces se descubre que los fondos públicos están allí para salvar al sistema financiero de una quiebra que dará al traste con los ahorros de toda la comunidad.

La economía es extraña. Los gobernantes, los estadistas, los economistas lo saben todo a la hora de imponer sus recetas. Asumen el tono de quien domina los engranajes de una ciencia exacta, y son expertos en acallar a los demás: el que no sepa de economía, o el que no maneje su jerga singular, no tiene derecho a opinar sobre las políticas públicas; la santa iglesia de las finanzas tiene sus doctores y sus excomuniones. Pero cuando se producen las debacles nadie sabe explicar nada, y los expertos miran con desolación el sismógrafo descendente de las pantallas de la bolsa, como niños pasmados que ven que se les va su globo de helio o que se derrite irremediablemente su helado.

  Estanislao Zuleta solía decir que el modelo económico en que vivimos muestra la mayor racionalidad en el detalle y la mayor irracionalidad en el conjunto. Hay que ver cuánto saber y cuánta técnica se aplica a la producción de automóviles, pero todavía no han encontrado cómo deshacerse de los aparatos cuando ya no se usan, y montañas de escombros abarrotan el mundo. En especial los neumáticos se han convertido en una de las pesadillas de la especie. Cuánta sabiduría y cuánta precisión en el diseño de los relojes que en nuestra muñeca miden silenciosos el paso inexorable de la vida, pero nadie sabe qué hacer con las pequeñas baterías de metal de litio que esos relojes utilizan y que después son sólo infinitos desechos contaminantes.

 La naturaleza, en sentido estricto, no produce basura; todo elemento natural vuelve al ciclo de las transformaciones casi enseguida, incluidos nuestros cuerpos que, una vez apagado el espíritu, muestran una prisa extrema por descomponerse, verdadera avidez de desintegración. Pero los procesos de la industria producen sin tregua basura real, desechos que no se corrompen. Fuera de la gloria que preside nuestro himno nacional, lo único inmarcesible de verdad son los plásticos que cubren el mundo, las vísceras de los organismos electrónicos, las heces de chatarra del becerro industrial.

La irracionalidad no se limita a los desechos. El ideal del crecimiento incesante, del consumo frenético, la conversión de la naturaleza en una bodega de la industria, en un banco  de recursos, forman parte de ese conjunto. Y por lo que ahora nos revelan las cuentas calamitosas de la economía, el mundo financiero no está gobernado por sabios planificadores sino por necios jugando a la ruleta. Esa obscena economía del despilfarro que predica la publicidad, y que al mismo tiempo deja a tantos seres humanos privados hasta de lo más elemental, crece y crece como una burbuja monstruosa y un día revienta. En ese momento ya no se piden explicaciones sino sacrificios, de acuerdo con la lógica perversa que lo rige todo, según la cual hay que privatizar siempre las ganancias y socializar vastamente las pérdidas.

No nos ha sido ahorrado el espectáculo de ver a los neoliberales, que ayer nada más predicaban la autorregulación infalible del mercado, transformarse súbitamente en socialistas a la hora de repartir las pérdidas. El Estado, que ayer era el problema, hoy es la solución. Nuestros pueblos mantuvieron e hicieron crecer las empresas públicas de las distintas ciudades, que no estaban diseñadas para dar rentabilidad sino para garantizar la provisión de servicios básicos a la población, con énfasis en los sectores menos favorecidos, hasta que  llegó la doctrina neoliberal según la cual era catastrófico dejar esas empresas en manos del Estado, que lo maneja todo tan mal, cuando lo que debía hacerse era confiarlas a la empresa privada, que es un prodigio de administración.

 Debió sorprendernos que esas empresas tan mal manejadas encontraran tan rápido compradores en un mercado internacional que calcula bien sus ganancias. Si eran tan buen negocio no podía haber sido tan mala su gestión. Debimos comprender que lo que había allí era un jugoso lote de negocios ofrecido a la avidez de los empresarios, a expensas de la comunidad. Y todos sabemos en qué se han convertido las tarifas de los servicios públicos después de que entró en vigencia el remedio de la privatización.

 Ahora, cuando el ciclo se cierra, vuelve a ser importante el Estado. Pero lo que los ciudadanos deberíamos comprender es que no están jugando solamente con nuestros recursos; el elemento más valioso que tienen en las manos los que se aprovechan no es ni siquiera nuestra ignorancia sino nuestra credulidad. Hoy asistimos a las volteretas tramposas de una sociedad que ha dejado cosas demasiado importantes en manos de “expertos” demasiado inescrupulosos. Y tal vez no sería un mal comienzo empezar a desconfiar de los expertos.

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2008-10-18T00:14:42-05:00

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