Por: Eduardo Barajas Sandoval

Un rato más para los pingüinos

Los procesos electorales en América Latina distan todavía de parecerse a los que caracterizan a las democracias avanzadas.

Por decir lo menos, los argumentos de los debates siguen siendo pobres y estereotipados. Y la prensa juega un papel que, lejos de caracterizarse por la ecuanimidad, está ostensiblemente animado por el interés en meter a empujones al cielo al candidato de preferencia de los directores de los medios, o a los capos del establecimiento que le tienen tanto miedo a perder capacidad de manipulación ante el poder político como el que le tendrían a perder sus privilegios en la vida cotidiana. Sigue viva, eso sí, la esperanza de que la sociedad madure y, antes de que alguien se invente un sistema mejor que el de las elecciones, sea posible ver reflejada en los resultados de las elecciones la verdadera voluntad popular.

La existencia de dinastías políticas no es un fenómeno nuevo, aunque parezca extraño. Familias enteras han destinado sus esfuerzos a ejercer la política en generaciones sucesivas, por fuera de las líneas obsoletas de la monarquía y en ejercicio de una especie de profesionalismo equiparable al de quienes han hecho industria o han generado herencias de creatividad artesanal. Nada de raro entonces encontrar que la vida pública atraiga a los vástagos de tradiciones que han crecido viendo cómo se hace el oficio político y que en el ejercicio de actividades de esa índole han adquirido aficiones y conocimientos que les sirven para actuar, en muchas ocasiones con éxito, en la vida política. A la manera de sus antepasados.

Cosa bien distinta es la del surgimiento de una extraña especie de dinastías improvisadas, en virtud de las cuales hermanas, hermanos o cónyuges de líderes políticos resultan convertidos, de la noche a la mañana, en aparentes opciones de poder. Sin perjuicio de que en el fondo, a veces muy en el fondo, existan motivos de afinidad, preexistencia de vocación y capacidad evidente que concedan a desconocidos miembros de una misma familia aptitud para gobernar, este tipo de arreglos puede ser visto como una especie de ejercicio de títeres que todo lo que busca es permitir la continuidad de uno u otro actor político, a través de personas de su confianza.

La ocurrencia del fenómeno puede llegar a ocupar espacios políticos que van desde corporaciones de elección popular de pequeñas proporciones hasta jefaturas de estados. En algunas naciones andinas, de aquellas que se autodenominan paradigma de la democracia por el solo hecho de haber sostenido una tradición electoral, el fenómeno se manifiesta con frecuencia en el ámbito de las corporaciones públicas. En los Estados Unidos se asoma, de manera diversa y con argumentos diferentes, en el caso de clanes políticos y, eventualmente, aunque con razones suficientes, se manifiesta en el orden conyugal con la candidatura de la esposa de un ex presidente. Pero es el caso argentino el que reviste las apariencias de una ostensible improvisación que ha buscado prolongar inmediatamente la vigencia del proyecto político del Presidente en ejercicio, en cabeza de su esposa.

Aparentemente esta es una más de las paradojas a las que nos tiene acostumbrados esa gran nación, enorme en todo sentido pero llena de contradicciones que le han impedido de pronto cumplir un papel todavía más protagónico en el mundo contemporáneo. Venido del sur, más cerca de los confines australes que de la propia capital, Néstor Kirshner, antiguo gobernador provincial de Santa Cruz, consiguió el poder en una campaña que sacó provecho no sólo de las circunstancias políticas y económicas del momento de la anterior contienda electoral, sino aún de su relativo anonimato en el escenario nacional.

Mucho más desconocida que su esposo, Cristina Kirshner resultó convertida en la abanderada de la continuación del proyecto político de los llamados pingüinos. Los argumentos inmediatos de sus votantes parecen fáciles de descifrar sobre la base de lo que puede ser la construcción de un fenómeno político a partir de su proximidad con el jefe saliente. Lo que nadie garantiza es la calidad de gobierno que de ello se pudiese derivar. Y mucho menos la representatividad de los sentimientos más profundos de sus propios electores. Para no hablar de los sentimientos de los demás.

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