Por: Cristo García Tapia

Comala*

Allá, en Comala, los muertos cuando menos hablan consigo mismo;  llaman la atención, hacen travesuras. Andan como si aún vivieran en el país de los vivos; de los que hablan desde el más acá.

Mejor dicho, en Comala los muertos no se han dejado morir. Se resisten a la muerte de la memoria. A la penumbra de los patios en pleno medio día; en plena luna llena.

Acá, en estos territorios de piedra, vegetales marchitos y salmuera, los muertos callaron para siempre. Los mataron tanto, los torturaron tanto antes de matarlos tanto, que se asustaron más allá de la muerte y prefirieron quedarse quietos en sus fosas. Sin moverse para que no los siguieran moliendo a cuchillos; cortando a golpes de garrote.

Los mataron tanto, que nadie se atreve a recordarlos; a dejarlos salir de esas fosas que ellos mismos cavaron para sembrarlos en el olvido; para pudrirse a la orilla de sus caminos, de sus andaduras, para siempre.

Allá, en Comala, después de tantos años, los muertos se topan con los vivos y se abrazan; se invitan a comer. A limpiar las casas cubiertas de capitana y de abrojos que hacen retoñar abundante la memoria.

Se convidan a beber, a hospedarse en sus casas; a celebrar las liturgias de la vida desde las más recónditas comisuras del alma; a viajar por los más distantes parajes de la memoria hasta volver a encontrarse con ellos.

Siempre tienen los muertos de Comala en que ocuparse. Aun en la espesura de la noche se levantan para mirar las goteras en los techos desportillados de sus casas de aire caliente. Se levantan a espantar las ratas, a recoger alguna gallina sonámbula extraviada entre un coro de sapos y grillos; a guardar sus tiliches en el lugar más seguro.

Los de allá, aquellos muertos de Comala, son muertos que se resisten a la quietud de los sepulcros; al olor de muerto de sus cuerpos enterrados sin prisa, sin la premura de la muerte que mata.

Por eso son unos muertos apacibles y risueños, llenos todavía del candor de la vida que dejaron por propia voluntad; porque ya sus cuerpos no les dieron más para seguir viviendo. Unos muertos que se murieron cuando quisieron y no cuando otros ordenaron que se murieran.

Los de acá, en cambio, son muertos que se murieron a la fuerza, contra su voluntad.

Muertos que los murieron porque miraron para el lado que no debían mirar; porque dijeron una palabra que no se  podía decir. O simplemente porque estorbaban con su voz apagada por el miedo la siesta de esos animales malos y ponzoñosos que van por ahí matando.

¡Ay!, Juan Rulfo.

Si te asomaras desde la lejanía de Comala; si miraras por el ojo de la muerte, te morirías de nuevo. De rabia, de pesadumbre, de qué se yo, pero te morirías de saber que los muertos de acá no hablan.

Nadie se percata de ellos, nadie les abre las puertas cuando en las noches de sus pueblos salen a penar. A implorar un algodón mojado en agua para calmar la sed de su muerte adulterada. Una vela para alumbrarse en los pasadizos penumbrosos de un cementerio que no conocían; para salirse del matorral que les impusieron por sepultura.

Acá, que es más allá de Comala, está prohibido hablar de los muertos,  soñar con ellos, pagarles un responso. Nadie permite que se asomen por los traspatios de sus casas, que pregunten por sus cosas, sus escasas cosas de vivos, que se vuelvan a mirar en los espejos.

Estos muertos de acá se murieron para siempre, hasta enmudecer, Juan.

Los mataron para siempre. Se olvidaron de ellos para siempre. Es como si les hubieran puesto una piedra en el pescuezo y lanzado en las fauces del antropófago cocodrilo del Palmar con sus tiliches y su memoria, Juan.

¡Ay!, Juan Rulfo.

¡Tantos muertos y tanto olvido acá!

*En los 100 años de Juan Rulfo.

@CristoGarciaTap

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