Por: Laura Juliana Muñoz
Entre líneas

Comer luego existir

Si la vida fuera una orquesta, la comida sería el bajo continuo. La sopa para aliviar la noche fría, el arroz que se comparte mientras dos amantes se cuentan el día, el condimento que años más tarde seguirá recordando a la abuela. O confundir el deseo de estar íntimamente con el otro, cuando en realidad lo que se quiere es sorber una taza de té en cómplice silencio.

En la obra de la escritora japonesa Banana Yoshimoto estos rituales en torno al alimento son cruciales para mostrarnos lo que comparten los personajes, para que en estos espacios se busque la profundidad de lo que se mueve en las aguas del alma. En cambio, no trasciende tanto el sentido de las cosas. Estamos ante seres del vacío. Si el drama es movimiento en Aristóteles, aquí es la quietud. El silencio. En el libro de cuentos Recuerdos de un callejón sin salida, Yoshimoto escribe: “sentarse en un café y observar a los transeúntes era exactamente igual que observar el fluir de un río (…) el pavor que infunde el río es el pavor y la inmensidad inescrutable que suscita el fluir del tiempo”.

En estas historias interesa el relato de una vida “normal”, sin ese movimiento aristotélico, pero con algo indescifrable que ocurre en el interior de las personas. Tenemos heridas que sólo nos pertenecen a nosotros. Sólo que estos personajes conviven con ellas, casi sin resistirse: “todo lo que veía me entristecía, pero el mundo visto a través de aquella tristeza aguda me parecía nítido”. Para Yoshimoto, y tal vez esto hable de un sentir cultural, la felicidad no consiste en ir a ningún lado, sino en el impulso de hacerlo. “La tristeza es necesaria”, asegura.

Y mientras la tristeza pasa, la comida vuelve a escena. “Los postres son como sueños que hacen felices a las personas”, dicen los amigos que se sientan a comer dorayakis, ese pancake japonés relleno de dulce de fríjol. Para los amantes, una receta con levadura (“cierta intimidad que había fermentado como la masa del pan”) y después la resignación: “sabían que, aunque se les escapara como el agua de un grifo, el amor siempre volvería a ellos”. Lo importante es comer como si siempre fuera la última cena: “formaba parte de mi oficio: corresponder a quien había amado el sabor de nuestros fogones”.

En los cuentos de Banana Yoshimoto (que es el seudónimo de Mahoko Yoshimoto, por su gusto de este fruto), los fantasmas no son algo insólito, sino cotidiano. Son muertos que no se han dado cuenta de que lo están. Los protagonistas son a la vez reflejo de los fantasmas y sólo logran quedar en el mismo estado, tal vez un limbo de felicidad, cuando se sientan a la mesa.

 

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