Por: Santiago Gamboa

Comer, vivir

Acabo de leer la última novela del argentino Martín Caparrós, Comí (Anagrama), un viaje al interior de uno mismo a través del sencillo y cotidiano acto de comer, el llevarse a la boca algo que, una vez mascado y deglutido, se convierte en bola que baja por el estómago y, desde ahí, se reparte en forma de energía hasta el centro de nuestra mismidad, recorre un vía crucis gástrico y una parte es expulsada horas después, en el sanitario o “atoloncillo” (León de Greiff), en cotidiano sepelio subacuático de un material de desecho que transitoriamente fue parte de nosotros.

En la novela se trata de recordar lo comido y de ponerle palabras e ideas a esa vida, la de un personaje llamado Martín Caparrós, escritor argentino, crítico gastronómico de una revista de Buenos Aires que ha viajado por todo el mundo y que, como buen viajero, disfruta de comer en soledad, que es el modo más analítico de comer y el más cercano a una probable ontología del “ser manducador”.

En tres días, por mandato médico, el personaje Caparrós va a hacerse una colonoscopia y por lo tanto debe antes vaciar completamente sus intestinos, liberarlos de todo lo comido. Limpiar y pulir para que la sonda, con una camarita en la punta, recorra sin tropiezos la curvilínea trocha intestinal y alerte sobre posibles anomalías. Este tema me llevó a un flashback sobre mi experiencia y leyéndolo reviví mi propia colonoscopia, mis temores, la ansiedad sobre la posible aparición, en los vericuetos rectales, del monstruo al que todos tememos, esas células averiadas o enloquecidas por la oscuridad cavernosa, en fin. La novela reflexiona sobre la vida y la posibilidad de perderla, y lo hace desde el miedo, que es una de las más activas escuelas de pensamiento. Allí están la vida, el placer, el gusto, y sus contrarios: el dolor, el asco, la muerte. Un verdadero menú gourmet para la filosofía más elemental, para una teleología del propio cuerpo y su inevitable destino, que no es otro que el de confundirse, in extremis, con algo muy parecido a esa misma materia que cotidianamente expulsa de su hortus conclusus. El jardín de rosas que se transforma en camposanto, en tierra baldía.

En Comí, el cuerpo tragador de calorías, mamífero y chupador de leche, es también el atril que sostiene el cerebro, un receptáculo tridimensional de líquidos y tejidos que alberga multitud de intangibles como la memoria, la estética y la ética, el cálculo de probabilidades, la envidia y sus creativas metamorfosis, la identidad lingüística, la idea brutal del otro y el amor a la guerra, la conciencia temporal y de nuevo el miedo. Sobre todo el miedo y el deslumbramiento previo al miedo. Todo eso que desaparece cuando el atril deja de sostenerlo y el pequeño contenedor de unos mil doscientos cm³ cae al suelo y se desparrama, setenta mil millones de neuronas regadas por ahí (¡y en ellas tantas lecturas, tanta literatura!) que, a su vez, serán devoradas por los gusanos blancos, en esa verdadera “última cena” que espera al final a cada ser humano.

Comí es una gran novela, léanla.

 

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