Por: Mario Fernando Prado

Comiendo su propio cocinado

No nos deben sorprender ni menos extrañar las acciones vandálicas y criminales de la guerrilla que anda enseñoreada gracias a los nuevos aires que se le dieron y que no ha desaprovechado para acentuar su poder y ganar reconocimiento internacional.

Así se diga que está debilitada y que está quemando sus últimos cartuchos, lo que vemos, oímos y leemos está muy distante de ser cierto: cada vez arrecia más sus ataques en la geografía colombiana, dejando una imperdonable estela de sangre y destrucción en una población civil inerme e impotente.

Que hay bajas, sí. Que se desarticulan comandos, también. Pero ello no es suficiente como para parar sus escaladas terroristas y los secuestros que sigue perpetrando. Para muestra un solo botón con lo que está padeciendo Tumaco, sumido en las tinieblas y en la sed va a hacer 20 días, y a donde el alto comisionado Lloreda Mera ha sido enviado para que apague el incendio del segundo puerto sobre el Pacífico, cuyos habitantes están con hambre y totalmente incomunicados vía terrestre.

Desafortunadamente, como aceptamos negociar en medio de las balas, ahí están los resultados: muertos y más muertos, voladuras, bloqueos y un regreso al pasado y a los días aciagos de hace 12 años en que la narcoguerrilla sitió a Colombia entera.

Así las cosas, el país está comiendo de su propio cocinado y será potestativo del Gobierno el que se rompan los ya tristemente célebres diálogos de paz y se acaben las conversaciones, porque el precio que se está pagando es demasiado alto y los damnificados ya no aguantan más.

Y hay un agravante: las elecciones del año entrante y la promesa de la firma de un acuerdo que, de no darse, enredará aún más la reelección de un presidente que le apostó ingenuamente al cese al fuego y el tiro se le está saliendo por la culata.

 

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