Por: Eduardo Barajas Sandoval

Como bomba en el Medio Oriente

Hay gobernantes capaces de convertir en realidad las peores conjeturas. De vez en cuando aparecen en la historia personajes a quienes el destino otorga el privilegio peligroso de tomar decisiones sobre asuntos cuya complejidad jamás tuvieron tiempo de conocer, y mucho menos de comprender. Como, ante el compromiso, agudizan su idea de que son capaces de todo, pasan a obrar como alquimistas del poder. Entonces inventan fórmulas con fuertes dosis de arrogancia y supuesto ingenio, que mezclan con suficiente ignorancia para producir decisiones explosivas.

El clima será favorable a la aplicación de inventos de esa índole, mientras en los extremos del espectro político sobrevivan esquemas de autoritarismo hereditario, en el trasfondo mismo de sociedades democráticas anide el fermento de sueños de corte monárquico, o cuando llegan al poder antiguos jefes de negocios privados, que creen que pueden hacerlo todo, como en su imperio particular, y que los asuntos del Estado son cuestión de familia. 

El Presidente de los Estados Unidos parece concentrar varias de las anteriores particularidades. Por eso sus decisiones, cargadas de precipitación, arrogancia y desconocimiento, ayudan de tal manera a descomponer todavía más el ya precario orden del mundo. Pero no está solo. Él mismo se ha encargado de rodearse de gente que nunca se había ocupado de asuntos del gobierno, y ha concedido roles fundamentales a miembros de su familia cercana, que hacen gala de torpeza y producen resultados por los que tienen que pagar pueblos enteros. 

Justo ahora vemos cómo los asuntos que tratan los improvisadores se salen de las fronteras de la unión americana y tienen impacto en otras sociedades. Las fórmulas de alquimia orientadas a arreglar súbitamente problemas históricos de profundo calado, se convierten en tragedia inmediata para muchos y amenaza implacable para otros. Como se deduce del reconocimiento de Jerusalén como capital del Estado de Israel, sin tener en cuenta que la ciudad es igualmente santa para judíos, cristianos y musulmanes. Decisión que ha tenido los efectos de una bomba, innecesaria, en el corazón del Medio Oriente. 

No se conoce el plan de paz, equitativa y viable, que se pueda sustentar en un acto que tiene la connotación de conferir la razón a una de las partes. A estas alturas de la historia es equivocado pensar que, por el hecho de que los Estados Unidos proclamen una u otra cosa, ésta adquirirá la forma que desee quien erróneamente se cree el dueño del negocio, como si fuera uno de sus hoteles o de sus campos para golfistas. La “América” que preside no tiene en el mundo la fuerza que tuvo, y que él no la puede recuperar a punta de esos decretos que muestra con ostentación cada vez que firma algo en el escritorio. 

Todo quedó desacomodado. Los palestinos, radicales o moderados, se han visto obligados política y moralmente a protestar. La mayoría de los países de la Unión Europea y de los miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, se han visto impelidos a rechazar la salida de tono de su aliado histórico. El mundo musulmán, desde Marruecos hasta Indonesia, no ha ocultado su mortificación por lo que considera un agravio al status de su ciudad santa. Y quienes creemos en la validez de la existencia del Estado de Israel, y en la necesidad de su convivencia con un Estado Palestino, en condiciones de paz e inclusive de cooperación, hemos quedado en ascuas.  

La aparente falta de claridad, y de visión de futuro, con que se ha actuado, hace presentir que la decisión respecto de Jerusalén no es de la cosecha del Departamento de Estado, experto y serio generador de acción política internacional, que conoce desde el principio el problema del Medio Oriente y puede anticipar las consecuencias de una u otra medida. Queda entonces por establecer el papel que haya podido jugar el asesor especial y a la vez “primer yerno de la nación”, miembro de la distinguida comunidad judía de Nueva York, que nació casi quince años después de la ocupación del Jerusalén Oriental por el Estado de Israel, como parte de la respuesta fulminante de ese momento a una agresión que pretendía borrarlo del mapa. La duda surge de la falta de experiencia del asesor, que jamás había figurado en el escenario de la vida política y mucho menos de las relaciones internacionales, y en cuyas manos ha venido a quedar un asunto que tiene, tanto del lado israelí como del palestino, conocedores y luchadores que llevan toda una vida dedicados a las complejidades del proceso. 

Por ahora, solamente se han podido ver las consecuencias nefastas que la medida sobre Jerusalén ha producido, a cambio de nada, en materia de vidas humanas, de tranquilidad y sosiego, y de animosidad en las relaciones entre los Estados Unidos y prácticamente el Islam entero. Situación estimulante de un clima mayor de crispación y combustible de un conflicto de civilizaciones que en lugar de atizonar sería mejor tratar de conducir hacia el entendimiento. Ya el Vicepresidente norteamericano ha sido rechazado por los palestinos en su pretensión de ir a seguir hablando como si no hubiera pasado nada, y han llovido advertencias, como la del Presidente francés, sobre la amenaza que para la paz significa la decisión tomada.

Con la medida, que se interpreta en favor de Israel, los Estados Unidos han perdido sus opciones de componedores “neutrales” de los problemas del Medio Oriente. Francia, que junto con la Gran Bretaña jugó papel decisivo en el engendro involuntario del enredo que vive la región desde el desmonte del Imperio Otomano, seguramente tratará de jugar un papel determinante en el vacío que se produce. Está por verse si alcanza a llenarlo, o si a la hora de manejar las ambiciones de los países árabes, incluyendo a los saudíes, más las de Irán y el resto del mundo islámico, queda lugar para otros países de la Unión Europea, y para Rusia, que aspira a jugar otra vez un papel internacional de primera línea. 

 

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